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miércoles, 10 de noviembre de 2010

El Ser en la Infancia. La Emergencia del Self

El Ser en la Infancia. La Emergencia del Self

ML Paula Durán Hurtado


Introducción
El tema que se desarrolla es la emergencia del self; es decir la forma cómo el sí mismo va surgiendo en la persona humana. El self es un arquetipo esencial que se activa al nacer y que se impregna de características personales, las que producen trastornos en el individuo si se encuentran en discrepancia con los intereses arquetípicos. (Jacoby, 2005)
Los diferentes estadios del proceso de individuación parecen encontrar y reencontrar al ser en la infancia y a la infancia en el ser. Siendo un arquetipo que contiene en sí el potencial para desarrollarse hasta alcanzar la totalidad, busca poder actualizar sus capacidades, con independencia de la edad cronológica que tenga la persona real. El hombre vuelve a ser niño y el niño muchas veces representa las posibilidades de realización de aspiraciones que un adulto no ha podido realizar en su propia vida. La emergencia del Self nos refiere al arquetipo del niño.


Desarrollo
Horus, Zeus, Hermes, Heracles, Moisés, Jesús, son algunos ejemplos de niños que juegan un rol esencial en mitos, leyendas y cuentos de hadas. En cada caso, se trata de seres nacidos en circunstancias extraordinarias con destinos especiales y fielmente cumplidos. Muchas veces podrá tratarse de niños que han sido abandonados, que debieron valerse por sí mismos y que han sido salvados milagrosamente de situaciones peligrosas. El arquetipo del niño despierta emociones y fantasías; se trata de un niño maravilloso, divino, originado, nacido y crecido en circunstancias excepcionales, que requiere ser asociado a un niño concreto a fin de darle sentido y significado a su existencia en la psique adulta (Jung, 1940, 273).
Los arquetipos van conformándose según el nivel de conciencia alcanzado, por lo que son también el patrimonio del conocimiento y la evolución de la humanidad, constituyéndose así en los portadores de la salvación. En el arquetipo -como figura variable de los Dioses- va siendo representado el precursor de una nueva generación (Jung “La estructura del alma”, OC 8,7, 3317 y ss); el motivo del niño representa el aspecto preconciente de la infancia del alma colectiva. (Jung, 2002, 149)
En el arquetipo del Dios-niño se ve representado lo más grande en lo más pequeño. Son los elfos, enanos, homúnculos, nacidos, niño desnudo y animales en estadios de desarrollo anteriores al hombre –cocodrilos, dragones, serpientes-. En el proceso de individuación las imágenes lo representan al centro de un mándala, saliendo de un huevo de oro, como una doncella o un joven adolescente de origen exótico, bajo una corona de estrellas; en cualquier caso se trata de un bien deseado y difícil de conseguir, una piedra preciosa, la cuaternidad, la flor, el cáliz; todas imágenes ilimitadamente intercambiables. Los rituales, el rito, la religión, el repetir, son formas de mantener los vínculos con esas condiciones originarias sean de sí mismo o de la humanidad, ya que la conciencia –a través de su centro de conciencia, el ego- está siempre atraída al desarraigo y a la enajenación; su forma de compensar es re-ligando con su pasado, con su infancia. La amplitud de conciencia arriesga la enajenación; pero la represión del estado infantil del alma se apoderará –como contenido inconsciente- de las metas concientes, interfiriendo de alguna forma en su realización.
El niño –como símbolo- es futuro en potencia, anticipación de desarrollos, que existen a-priori. El niño prepara una futura transformación de la personalidad. En el proceso de individuación anticipa la figura que resulta de la síntesis de los elementos concientes e inconscientes de la personalidad. Es un símbolo que une los opuestos, un mediador, un salvador, un hacedor de la totalidad. La totalidad que trasciende la conciencia es denominada por Jung como el sí mismo. La meta del proceso de individuación es la síntesis del sí mismo, su entelequia.
El mismo símbolo del niño puede presentarse como una divinidad infantil o como héroe juvenil. En ambos casos hablamos de un nacimiento maravilloso, psíquico y no empírico, mágico, extraordinario. Sin embargo, en el primero, estamos frente a un ser no humanizado aún, aunque divino, personifica el inconsciente colectivo no integrado a la naturaleza humana. El héroe, por el contrario, es una síntesis de lo inconsciente y conciente; anticipa una individuación potencial cercana a la totalidad. La autorrealización es heroica ya que debe pasar múltiples pruebas para poder llegar a buen fin; el riesgo de perder la singularidad está presente simbólicamente en la presencia de dragones y serpientes que amenazan la identidad; la adquisición de conciencia implica distanciarse de las simbolizaciones de vertebrados inferiores.
El motivo “más pequeño que pequeño pero más grande que grande” (Jung, 2002, 154) es la paradoja del símbolo del niño, que puede superar las pruebas más grandes y sucumbir en lo más pequeño. Ej.: el talón de Aquiles; el pelo de Sansón. “Hágase la Luz” fue lo dicho por Dios al abrir el universo a la conciencia y ésa es la mayor hazaña esperada del héroe, el triunfo sobre las tinieblas. Se espera que el niño venza sobre la oscuridad y que el alma primitiva no pierda lo que ya ha ganado, su alma.
No sólo su nacimiento milagroso lo distingue, también su temprano abandono. Hablamos simbólicamente de un ser que viene de la inconsciencia a la conciencia; pero en la conciencia, aún no se le reconoce -es un tercero que no tiene espacio en la lucha de los opuestos-… por eso se le abandona. Lo “recogen” los instintos que reconocen en él su carga de futuro y potencialidad renovadora y salvadora. La conciencia, como el útero, se ha liberado de una situación que ya la conflictuaba, separándose simbólica y temporalmente de quien también representa su posibilidad de renacer, el niño que ha dado a luz.
El conflicto que presenta el símbolo del niño es propio del estadio evolutivo actual, ya que sólo con conciencia puede haber polaridad. Este niño, por ende, es portador de cultura –y uno de los elementos que la representa es el fuego- iluminador, acrecentador de conciencia y vencedor del estado anterior –la inconsciencia- (Jung, 2002, 157). En este sentido “se trata de una conciencia superior, más evolucionada y acompañada, en consecuencia, de soledad. Porque la soledad expresa la oposición entre el portador o el símbolo de un grado de conciencia mas elevado y el mundo que le rodea”. (Jung, 2002, 157)
Este niño tiene una fortaleza superior engendrada desde la inconsciencia, el fundamento de la naturaleza humana, una naturaleza viva. Personaliza poderes vitales que están más allá de la conciencia unilateral; personifica una totalidad que incluye las profundidades de la naturaleza. Representa el impulso inevitable del ser: el que lleva a desarrollarse a sí mismo, porque no-puede-hacer-otra-cosa. (Jung, 2002, 158)
El símbolo también se caracteriza por su hermafroditismo, la aspiración a lograr la unidad del sí mismo, en la cual no hay conflicto entre opuestos y se consagra el matrimonio divino entre la inconsciencia –femenina si es del hombre y masculina si es de la mujer- y la conciencia –masculina si es hombre y femenina si es mujer- (Jung, 2002, 163)
El simbolismo del niño es como un ser inicial y un ser final, simboliza la naturaleza pre y post conciente del hombre, una totalidad. Interpretamos esta imagen inicial como el niño humano proveniente de la inconsciencia que una vez que desarrollado el ego –como centro de conciencia- debe des-identificarse de él para permitir que el sí mismo se exprese; el sí mismo en su máxima expresión y desarrollo va a constituirse en el niño divino. La ingenuidad del niño es la misma del iluminado; la diferencia entre uno y otro es el camino de la conciencia que el segundo ya realizó.
Lichtenberg define el sí mismo como un sentido de unidad que permanece estable a pesar de los distintos cambios de estados emocionales que acompañan la experiencia humana; un centro independiente para iniciar, organizar e integrar experiencia y motivación. La maduración y desarrollo de esta capacidad integradora y organizadora es lo que más interesa a los investigadores de la infancia. Stern distingue 4 etapas: el sentido del sí mismo emergente, nuclear, subjetivo y verbal. (Jacoby, 2005)
El sí mismo emergente se expresa hasta los dos meses, experimentándose los eventos y percepciones como entidades propias. Se trata de diferentes experiencias vividas que, eventualmente comienzan a organizarse de manera creciente con estructuras más comprensivas. Opera como matriz experiencial de la cual surgirán las ideas, formas percibidas, actos identificables y sentimientos verbalizables que actúan también como fuente del despertar afectivo inicial. Un niño experimentaría aquí el prototipo más temprano de un proceso creativo, el cual le permite la generación del sentido del sí mismo inicial
El sí mismo nuclear va desde el segundo al séptimo mes, permitiendo que el niño experimente sus intenciones y motivaciones como propias, reconociendo sus límites corporales y su sentido de coherencia. El niño tendrá la experiencia de estar juntos, en la presencia de otro, sin que haya experiencia de fusión simbiótica. Experimenta cambios en sus estados internos propios, que vienen a través de los otros –del cuidador, por ejemplo; el baño, el cambio de pañales, otros- También se ve una dependencia entre el cuidador y el sentido del si mismo del niño, conectando sus necesidades de seguridad. Esto se manifiesta a través de diferentes conductas vinculantes, como la mirada mutua, ser tomado en brazos. El sentido del si mismo del niño cambia junto con la actividad del cuidador, manteniendo sí sus límites.
El sí mismo subjetivo va desde el séptimo al decimoquinto mes de vida, desarrollándose la capacidad de relación interpersonal, descubriendo que puede compartir la experiencia subjetiva con alguien más, es decir hay una necesidad de experiencia común. Aquí se distinguen tres estados internos: compartiendo la dirección de la propia atención –hasta los nueve meses-; compartiendo intenciones –el niño atribuye un estado mental interno en otro, que conlleva la comprensión de las intenciones del niño y la capacidad para satisfacer esas intenciones-; la necesidad de compartir estados afectivos –el más significativo de los estadios para el desarrollo emocional posterior, con referencia social- que implica el tener una segunda apreciación que le ayude a resolver la incertidumbre que se le presente frente a realizar o no un determinado acto riesgoso para él. Jung dirá que los niños, al principio, son parte o están fusionados con la psicología de sus padres, al extremo que cualquier trastorno a esta edad, es en realidad de sus padres.
Entre el quince y el dieciochoavo mes, el niño inicia un nuevo estado en la organización del sentido del self y su relación con el otro, el cual coincide con la adquisición del lenguaje y tomarse a sí mismo como el objeto de la propia reflexión. El niño se fascina con su reflejo en el espejo y con su reconocimiento; es un claro indicador del desarrollo de la capacidad para el juego simbólico y el aprendizaje del lenguaje. A través del lenguaje serán practicados temas tales como el vínculo, separación, intimidad, con otro significativo a un nivel previamente no posible. El lenguaje es una espada de doble filo: enriquece y limita el campo de la experiencia, algunas podrás expresarse mientras otras deben experimentarse. Nuevamente constatamos que la entrada a la cultura tiene el costo de perder la integridad de la experiencia original, con lo cual se entra en crisis de autocomprensión, pasando el self a ser un misterio, porque la armonía alcanzada se ha roto, perdiéndose también la experiencia de totalidad.
Estos cuatro estadios de desarrollo pueden desarrollarse en forma sucesiva, pero los estados más altos no reemplazan a los anteriores, por lo que, en definitiva, hay cuatro formas de ser en el mundo. Cada una de las experiencias del infante con el Self regulador del otro comprende un episodio específico vivido que permanecerá en su memoria. Los diferentes patrones humanos de interacción –reales o reproducidos- dan como resultado representaciones iniciales y expectativas, muy importantes para nuestras actitudes. Stern llamó a estos elementos emocionales RIGs -representaciones de interacciones que han sido generalizadas-, los cuales cambian y se actualizan gradualmente con la experiencia presente… por lo que “mientras más experiencia pasada haya tendrá menor impacto cualquier episodio” Jung ha llamado arquetipo a esta fuerza organizadora creativa con capacidad para formar una representación fuera de las innumerables experiencias distintas.
El sí mismo tendría, según Stern, cuatro componentes de sentido: como entidad, es decir, la experiencia de sentirse autor de las propias acciones y tener voluntad o control sobre el comportamiento auto-generado; de coherencia del sí mismo, o tener la experiencia de ser un todo, en el sentido de ser una entidad psíquica con fronteras y un lugar de acción integrada, ya sea cuando se está en movimiento o inmóvil; de afectividad, es decir, haber experienciado las cualidades internas de los afectos los que están conectados a virtualmente toda experiencia con uno mismo; de historia, lo que se refiere a mantener la experiencia de continuidad con el propio pasado, la sensación de que uno sigue siendo de alguna manera, esencialmente el mismo individuo, incluso después de muchos cambios.
Jacoby (1999) se refiere al si mismo del terapeuta como el si mismo regulador; regulador de cualquiera de estas cuatro partes que pudieran estar viéndose afectadas en Self del paciente, producto de alguna herida infantil. Jacoby dice que “la psicoterapia analítica tiene el potencial de ser efectiva, siempre y cuando la representación mental del paciente en conjunto a sus cualidades emocionales estén muy abiertas a ser influenciadas por el entorno”. (Jacoby 1999, 5) Igualmente, las funciones de ayuda de auto regulación del analista deben operar en un marco simbólico; el analista siempre es un instrumento que canaliza la posible conexión del paciente consigo mismo. Cuando esta relación no puede establecerse simbólicamente porque hay, por ejemplo, un daño en los primeros dos componentes el autor ha actuado literalmente el símbolo (Jacoby, 1999, 6). Winnicott define al sí mismo regulador como “encuadre analítico”, metodología que utiliza también cuando el sí mismo del paciente se encuentra tempranamente herido. (Jacoby, 1999, 7) El surgimiento del sentido -del “hacer”- está dado desde el “ser” y sólo entonces hablamos de Self verdadero. Por esto también es muy importante que el analista esté abierto a representar los papeles que la necesidad y el inconsciente del paciente le está demandando. Lichtenberg llama a esta función instrumental del analista como “vestirse” de la necesidad del paciente.
Schiller, en su ideal educativo, detectó la importancia que reviste el desarrollo de una personalidad completa, ya que es en la infancia cuando están todas las potencialidades individuales que podrán ser activadas. Educar es desarrollar la personalidad; sin embargo, no es posible que la actividad esté en manos de quien no tiene su personalidad desarrollada, ya que, al igual que sucede en la terapia, no podrá llevarse a otro a donde uno aún no ha llegado. Jung entiende por personalidad “un conjunto espiritual determinado, coherente y dotado de fuerzas”; el ideal a ser totalizado por cualquier adulto. (Jung, 1940, 150)
Ese ideal -meta del proceso de individuación- es inconmensurable y se va realizando /haciendo en la medida en que uno va “siendo”, siempre y cuando el “hacer” esté dirigido por el “ser”, lo que es inusual. “Ser lo que se es”-o realizar la personalidad- significa diferenciarse del colectivo, separarse del grupo para seguir conciente y libremente un camino de soledad: la fidelidad confiada, leal y constante a la propia ley, al sí mismo, a Dios. Que alguien pueda realizarse con independencia de la humanidad sólo puede esperarse de un espíritu divino; la personalidad que sobresale es también sobrenatural. (Jung, 1940, 156)
La capacidad para optar por el camino eremita es también un destino que impele a ese hombre a salirse del grupo; un destino que obra en él como un daimon, que no puede sino cumplir; una voz que no puede sino escuchar y de la que no puede ser desviado, aún a costa de su propia conveniencia. Será el portador del fuego que pueda encender otras almas del colectivo. Esa personalidad es la que está a la altura de las modificaciones del tiempo y es, sin saberlo ni quererlo, su dirigente. (Jung, 1940, 161) La vida de Cristo es un ejemplo de lo que se dice y representa el prototipo psicológico de la única vida sensata.

Conclusiones
La neurosis constituye una protección contra la actividad objetiva interior del alma; o la tentativa –pagada a alto precio- de sustraerse de la voz interior y, por tanto, a la vocación, al destino. (Jung, 1940, 166) El sentido de la vida se ha perdido cuando no se convierte uno en su propia personalidad; pero como esa pregunta no es común, el sentido de la vida personal queda sin ser respondido, facilitando al hombre caminar por el sendero indiferenciado de la humanidad. El verdadero origen de todo sufrimiento está en no ser quien se es; pero ser quien se es, conlleva caminar por un sendero doloroso y solitario. Hegel dice que “el camino no es el objetivo, pero sin recorrerlo no se llega a su destino”; ésa es la contradicción que hace al hombre evadirse de su ley interna; ése es el carácter luciférico de esa voz interior. (Jung, 1940, 169) Quien no se arriesga a perder su propia vida, tampoco podrá ganarla. La personalidad es Tao, un camino no descubierto y vital: la perfección, integridad y el destino cumplido.

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Referencias Bibliográficas

1. JACOBY, M. (1999). Cap.I. “The Child in The Imagination of The Adult. En Jacoby, M. (PP. 3-12) Junguian Psychoterapy and Contemporary Infant Research. Routledge. London and New York. Traducción pp 1-7
2. JUNG, G.C. (1940/2002). Acerca de la Psicología del Arquetipo del Niño. En Jung CG. Los Arquetipos e inconsciente colectivo (pp. 139-168). Obra copleta. Volumen 9/1. Editorial Trotta SA Madrid.
3. JACOBY, M. (1999). “The Self and the Organizational forms of the sense of Self” En Jacoby, M. (Cap 8, pp 38-42) Junguian Psychoterapy and contemporary infant. Research. Routledge. London and New York. Traducción pp 1-10
4. JACOBY, M. (1999). “The Core Self in the Psychoterapy field.” En Jacoby, M. (Cap 19, pp 139-148) Junguian Psychoterapy and contemporay Infant. Research. Routledge. London and New York. Traducción pp 1-8
5. JUNG, G.C. (1940). Sobre la Formación de la Personalidad. En Jung CG. (pp. 147-170). Realidad del Alma. Editorial Losada. Argentina.
Tema: Psicoterapia de la Infancia y Adolescencia:
Una Aproximación al Ser, Actuar y re-mediar desde la perspectiva de la Psicología Analítica

viernes, 7 de mayo de 2010

Arquetipo de la vida y la Muerte

Introducción
Hablar de la vida y de la muerte es casi lo mismo que hablar de a existencia ya que todo lo que existe está intrínsecamente ligado a un proceso de creación y destrucción. Preguntarnos acerca de la vida y la muerte es entrar en una dimensión profundamente humana; es un tema presente en todas las culturas y las disciplinas, incluyendo la filosofía, ética, religión, sociología y psicología. Cada una de estas disciplinas se ha planteado preguntas en torno a la vida y la muerte: ¿Cómo surgió la vida, cuándo se empieza a morir, cuál es el sentido de la vida y de la muerte? ¿Qué es vivir y qué es morir?
También la psicología ha tratado de comprender el fenómeno, no sólo en su acepción más concreta y literal, sino en su sentido y significado para el hombre, para su psique y su desarrollo. Desde la psicología, la vida y a la muerte han sido entendidas como fuerzas, impulsos, instintos y arquetipos, los cuales, de alguna manera estarán siempre presentes en el desarrollo psíquico y humano.
Este trabajo expone alguna de las principales ideas y aportes de Freud, Jung y Byington como representantes del psicoanálisis, la Psicología Analítica y la Psicología Simbólica respectivamente, en torno al tema de la Vida y de la Muerte. También exponemos nuestra visión e inquietudes, así como las reflexiones surgidas en torno al tema y a lo que significó realizar este trabajo.
Análisis y Comprensión.
Freud y Jung tuvieron visiones radicalmente diferentes respecto del Arquetipo de la Vida y de la Muerte. Para Freud la vida y la muerte eran concebidos como dos instintos polares, antagónicos y dualistas, en constante lucha y tensión, llegando incluso a sostener que el Instinto de vida estaría subordinado al instinto de Muerte, lo que se apreciaría en una fuerza que tiende al retorno al mundo inorgánico. Jung, por el contrario, planteó una relación dialéctica entre estas polaridades, un intercambio creativo de los opuestos, teniendo ambos, iguales derechos a expresarse. Por otra parte Sabina, coincide con Jung al considerar que la paradójica interacción conflictiva y armoniosa de la polaridad Vida-Muerte es central en el proceso de desarrollo psicológico.
Byington integra las posturas de Freud y Jung, sosteniendo que no son antagónicas sino complementarias, pero que ambas posturas son válidas. Señala también que ambos autores explican el fenómeno de la Vida y la Muerte a partir de sus propias formas de funcionamiento arquetipal en la Conciencia, enfatizando el protagonismo de uno u otro polo según la etapa de desarrollo que cada uno de ellos privilegia. Considera que Freud se limitó a la descripción sólo de la primera infancia predominando una conciencia Patriarcal y una visión de vida y muerte antagónicas, mientras que Jung habría centrado sus explicaciones a partir de la observación de los procesos de desarrollo en la Adolescencia y Adultez donde prima la conciencia de Alteridad y una visión del arquetipo como fuerzas colaboradoras.
Byington sostiene que, la posición polarizada sería necesaria para entender la elaboración y formación de la identidad durante la etapa patriarcal de la infancia (Necesidad de orden, estructura, jerarquía, adaptación) mientras que la posición dialéctica es fundamental en la elaboración y formación del ego en la adolescencia y fase madura de la vida (Necesidad de autorrealización e integración, encuentro de los opuestos, conciencia sistémica y no lineal)
A nuestro juicio, el Instinto de Muerte, en la primera infancia, necesita estar alejado, polarizado en una relación de conciencia Patriarcal, donde la vida no sea avasallada o sometida por el impulso de muerte. La muerte, en la infancia, con un Ego aún poco desarrollado, podría contaminar la vida, mientras que la muerte en un Yo maduro en la edad madura, permite recrear la vida y trascender hacia lo nuevo dejando lo viejo.
Byington desarrolló un marco teórico al que denominó Psicología Simbólica para describir la formación y transformación de la polaridad EGO-OTRO en la conciencia y en la Sombra durante toda la vida, a través de vivencias personales percibidas arquetípicamente. (Byington 2001).
De acuerdo a su postura, el psicoanálisis habría omitido el concepto de arquetipo y la ampliación del concepto de símbolo; mientras que la psicología Analítica, no habría considerado la presencia del arquetipo en la Conciencia,, las defensas y la formación e interacción de la polaridad Ego-Otro en la Conciencia y en la Sombra.
Byington, en consecuencia, intenta establecer la manera en que el Ego interactúa con los arquetipos a través de los símbolos. Para el autor los arquetipos que son la base de la psique colectiva incluyen características concientes e inconcientes de los símbolos. Esta Psicología describe las funciones psíquicas como funciones estructurantes y los símbolos como símbolos estructurantes, ambos coordinados por los arquetipos para formar la identidad del Ego y del Otro en la conciencia a través del proceso de elaboración simbólica. (Byington 2002)
La Psicología Simbólica plantea que sea percibido o no por la conciencia, la Psique es siempre simbólica y todos los símbolos son en última instancia, símbolos del Self. Para Byington toda actividad psíquica está centrada en el Proceso de Elaboración Simbólica que ocurre en la interacción de las tres instancias del eje simbólico del Self (conciencia – sombra, símbolos y funciones estructurantes y los arquetipos).
Nos parece entonces que el proceso de destrucción y construcción, regresión y progresión, amor y odio son funciones psíquicas estructurantes, indispensables para avanzar en el desarrollo. Estas funciones como expresiones del Arquetipo Vida-Muerte, podrán manifestarse en la vida y en los desafíos de adaptación e individuación, creativa o defensivamente dando paso al crecimiento o a la fijación y detención.
Dentro del proceso de elaboración simbólica Byington describe 4 arquetipos regentes (Matriarcal, Patriarcal, Alteridad, Totalidad ) que estarían presentes durante toda la vida y que estarían coordinados por el arquetipo central como principio unificador. A juicio nuestro el arquetipo central contendría algunos arquetipos auxiliares que permitirían que el desarrollo vaya siguiendo un curso progresivo. Es aquí donde el Arquetipo de Vida y Muerte, junto con el arquetipo del Héroe cobran un rol primordial en el desafío de avanzar, crecer, arriesgar y finalmente completarnos.
Elaboración Simbólica en nuestro Proceso de Aprendizaje
Para entender mejor los conceptos presentados en el texto, nos centramos en la experiencia que estábamos teniendo mientras intentábamos escribir la relatoría.
Descubrimos que en el proceso de construir esta relatoría, comenzó a ocurrir exactamente lo que Byington describe, es decir, un proceso de elaboración simbólica de la experiencia, donde el arquetipo de la vida y de la muerte comenzó a activarse y hacerse presente, en un comienzo en la sombra circunstancial, y luego en la conciencia personal y colectiva.
La Teoría Simbólica y el proceso de elaboración simbólica eran para nosotras, francamente indigeribles: una nueva experiencia, con nuevas distinciones, nuevos símbolos, un sistema estructurante nuevo (seminarios, exposiciones, trabajo grupal), una experiencia de aprendizaje regida por el arquetipo de la alteridad vs. el arquetipo patriarcal, socialmente instaurado en nuestra cultura y en nuestra conciencia. El impulso de vida y muerte se hacía evidentemente presente en nosotras, por una parte en el deseo de avanzar, en la curiosidad, en el interés, en la dedicación, en la intención de crear y buscar algo motivante para nuestra presentación. Al mismo tiempo, el arquetipo de la muerte se manifestaba defensiva y metamorfósicamente, primero con la sensación de caos, algo de desinterés, nuestra incapacidad para entender, sensación de falta de inteligencia, desgano, cansancio, sueño y deseos de abandonar. Sin embargo, al cabo de un rato de conversación dialéctica (con-versar es cambiar juntos), de traer desde la sombra a nuestra conciencia lo que nos estaba pasando, la angustia empezó a ceder. El arquetipo activado se nos hizo conciente, permitiéndonos ver lo que nos estaba ocurriendo con esta nueva experiencia de aprendizaje que exigía renovarnos para facilitar un proceso de crecimiento creativo y fructífero. Morir a la arrogancia de saberlo todo, morir al estilo tradicional y patriarcal de aprendizaje, muerte a nuestros antiguos paradigmas o modelos teóricos desde los cuales operábamos. Apareció entonces el arquetipo del Héroe y el sacrificio, como función estructurante que acompaña a la función trascendente en cada elaboración simbólica porque “el sacrificio siempre incluye la pérdida de lo ya vivido, propiciado por la Muerte y la ganancia de lo que se vivirá a continuación, ofertado por la Vida “. (Byington 2002). En algún lugar de nosotras, nuestro Ego estaba conciente de que valía la pena el tiempo destinado a este trabajo y que, sin duda, al término de este viaje doloroso, lograríamos no sólo realizar un mejor trabajo en nuestras prácticas terapéuticas sino ser mejores personas, más integradas y con mayor tolerancia a la frustración. Concluimos que no era posible tener vida nueva sin contactarnos de alguna manera con un proceso de muerte.
Finalmente , el aprendizaje estaba ocurriendo de la misma forma que lo indicaba Byington en su artículo: una primera lectura, a la que obedecíamos sin cuestionar –presencia del Arquetipo Patriarcal, en que la relación Ego-otro tenían características polarizadas y jerárquicas-; lectura que finalizó con ideas desconectadas, parciales, no siempre consistentes entre sí –presencia del Arquetipo Matriarcal en la que la posición Ego-otro es insular-; intercambio de ideas, en las cuales fuimos decantando algunos conceptos –presencia del Arquetipo de Alteridad, donde el Otro es dialéctico y democrático-; la sensación de haber “comprendido” y entonces “cerrar” este primer proceso de acercamiento al modelo de Byington con la elaboración de este documento –Arquetipo de Totalidad, en la que Ego-otro tienen posición contemplativa.
Así como hemos ejemplificado con nuestra experiencia, en el centro de esta constelación arquetipal, el Arquetipo Central estuvo siempre presente como el gran impulsador, coordinador y articulador de los distintos arquetipos que se activaron a lo largo de nuestra experiencia. Junto con Arquetipo de la Vida y de la Muerte, como expresiones de su polaridad.
La función estructurante del Arquetipo de la Vida y de la Muerte puede ser creativa o defensiva, positiva o negativa, según se integre o no en la Conciencia, se fije o no en la Sombra, durante el proceso de desarrollo simbólico. La vivencia creativa, propicia el desarrollo, la diferenciación y el enriquecimiento psíquico; la vivencia defensiva, por el contrario, propicia la fijación, el estancamiento, el apego exagerado, la simbiosis defensiva, la indiferenciación y el empobrecimiento.
Movilizaciones Internas.
Confrontar el tema de la muerte es indispensable para una verdadera transformación. Deben morir simbólicamente las estructuras anquilosadas que impiden el crecimiento interior. El cambio sólo es posible abandonando lo que se tiene; deben liberarse los espacios para dar cabida a los nuevos contenidos.
Personas que han tenido alguna experiencia cercana a la muerte, vuelven a la vida comentando que han pasado por un túnel, al final del cual han visto una luz deslumbrante, a la cual no han alcanzado a llegar. Otros podrán indicarlo como una puerta tras la cual hay seres de luz que tienden sus manos en señal de bienvenida. Estas experiencias siempre señalan la idea de “tránsito” entre un lugar y otro, entre la vida terrenal y la vida eterna. La muerte como tránsito hacia un lugar mejor. La muerte como un puente entre dos vidas. La muerte como el proceso que demarca el cambio de un cuerpo a otro; el cuerpo viejo que se “sacrifica” por el cuerpo nuevo (evocando el cambio de piel de la serpiente) para que el verdadero ser continúe su camino de crecimiento/evolución/desarrollo. La muerte como el necesario abandono de un estado para dar paso a una nueva forma (evocando la muerte de la oruga para dar paso al nacimiento de la mariposa). La muerte del niño para dar paso al joven; la muerte del joven para dar paso al adulto, la muerte del adulto para dar paso al anciano. La evolución y el cambio necesariamente han fundado sus vidas en las vidas ya no vivas. La cadena evolutiva del hombre da cuenta de estas muertes y eslabones perdidos.