Mostrando entradas con la etiqueta psicología y alquimia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta psicología y alquimia. Mostrar todas las entradas

sábado, 21 de abril de 2012

Aurora Consurgens I



ML von Franz
AURORA CONSURGENS
Hemos agotado todo el tiempo de que disponíamos para la alquimia árabe, y durante las tres últimas conferencias nos ocuparemos de la alquimia europea. Tengo tres propuestas para hacerles, y les pediré que voten por ellas:
1. El texto de la Aurora consurgens, sobre el cual escribí en el tercer volumen de la edición alemana del Mysterium Coniunctionis, pero del que se ha dicho que es tan complicado y difícil que necesita una introducción.
2. Parte de un texto de Petrus Bonus, un Italia no del siglo XIV, que nos ofrece una imagen típica de la alquimia medieval.
3. Una combinación de los dos. También me han sugerido que tomara un texto de Paracelso, pero es un autor a quien he evitado a causa de la cantidad de explicaciones específicas que requiere, debido a las muchas palabras raras que usa. En Paracelso hay que abrirse paso con esfuerzo, lo mismo que en Jakob Boehme, y por eso no creo que se pudiera sacar mucho provecho de un breve extracto. Si a ustedes les interesa un texto que, en mi opinión, fue escrito a partir de una experiencia religiosa inmediata del inconsciente, les aconsejaría la Aurora consurgens.
Pero si prefiriesen una introducción al sentido y al pensamiento, y al estilo en términos más generales, de la alquimia de la Europa medieval, les diría que voten por Petrus Bonus, porque la Aurora consurgens no es un texto típico, sino muy peculiar, y que desborda cualquier clasificación. Si escogen la tercera posibilidad, una combinación de las dos, les daría una breve introducción sobre Petrus Bonus y después seguiría con la Aurora consurgens. Cronológicamente estaría mal, pero yo preferiría hacerlo de esa manera. [Al hacerse la votación, fue elegida la Aurora con surgens.]


Me alegro mucho de la decisión de ustedes, porque me parece que, de las tres posibilidades, ésta es la más interesante. Las palabras Aurora consurgens aluden a «la aurora que se eleva». El descubrimiento de este texto recuerda un poco a una novela policíaca. En una antigua colección de libros, el doctor Jung tropezó con el texto de Aurora consurgens, Parte II, una obra de química bastante desabrida, que llevaba al comienzo una breve nota en la que se explicaba que aquélla no era más que la segunda parte del texto, y que el impresor había omitido la primera porque era blasfema. Esto despertó la curiosidad de Jung, quien dedicó algún tiempo a seguirle la pista. Al fin descubrió que en el monasterio que hay en la isla de Reichenau, en el lago Constanza, había habido un manuscrito con ese nombre, que se encontraba entonces en la Biblioteca Central de Zurich. Está incompleto, y comienza en la mitad del texto que ahora hemos publicado. Jung comprobó que el texto no se podía leer en aquella forma, porque estaba escrito en la taquigrafía latina que se utilizaba en el siglo XV, y por eso me lo entregó. Tras adentrarme laboriosamente en él, descubrí que había un manuscrito completo en París, otro en Bolonia y un tercero en Venecia, de manera que lentamente pudimos reunir varias versiones y, donde algún pasaje no era claro, completar un texto con otro.
En la mayoría de los manuscritos se atribuía el texto a santo Tomás de Aquino, posibilidad que yo no consideré ni por un momento, pensando que era habitual añadir aun tratado así el nombre de un famoso, y que fácilmente el manuscrito podía ser obra de alguien más. Ésta fue también la reacción general entre otros estudiosos. Es un texto muy sorprendente, formado por un mosaico —un rompecabezas— de citas de la Biblia y de algunos escritos alquímicos tempranos. Si se lo considerara como un rompecabezas que alguien podría haber hecho por entretenerse, no tendría interés alguno, y es posible que algunos lo hayan leído superficialmente, entendiéndolo y aceptándolo de esta manera. Pero, como pronto verán, es imposible explicar ese fenómeno de semejante manera, debido al tremendo interés y emoción que transmite el texto. La conclusión siguiente fue que era obra de un esquizofrénico, ya que suena bastante como si lo fuera, y eso se aproxima mucho más a la verdad. Sin embargo, yo no creo que sea sólo eso, aunque probablemente haya sido escrito por alguien dominado por el inconsciente. La situación clásica de alguien que se encuentra en ese estado se describe como un episodio psicótico, pero, en opinión del doctor Jung —que la emitió en su condición de médico, como un diagnóstico—, este texto representaría o bien el comienzo de una psicosis, o una fase en una psicosis maníaco depresiva, o la descripción de una situación anormal escrita por una persona normal que en aquel momento en particular estaba invadida por el inconsciente. Yo me inclino a coincidir con la tercera teoría, aunque a partir del documento no es posible llegar a una conclusión definida. Lo he interpretado simbólicamente, como si fuera un sueño, y he llegado a la conclusión de que es el texto de alguien que se muere. La totalidad del simbolismo y del problema gira entorno del problema de la muerte y se concentra en él, y al final hay una descripción del matrimonio místico, o de la experiencia amorosa, expresada de una forma que al parecer tiene que ver con las experiencias que, según se sabe, tienen muchos moribundos, y cuyo resultado es la tradición de que la muerte es una especie de matrimonio místico con la otra mitad de la personalidad.
Tras haber traducido, estudiado e interpretado el texto, el doctor Jung decidió de pronto que deberíamos publicar ese documento único. Me preguntó si yo podría escribir una breve introducción histórica —el resto ya estaba terminado— en la que diera las fechas, dijera quién podía ser el autor y cosas así. Empecé con el supuesto de que aunque el texto hubiera sido atribuido a santo Tomás de Aquino, aquello era imposible. Me proponía continuar diciendo que el manuscrito pertenecía al siglo XIII, pero después pensé que como sobre Tomás de Aquino no sabía nada más que unas pocas superficialidades, no tenía por qué escribir eso. Entonces, por pura escrupulosidad, decidí echar una mirada a otros escritos suyos y, para estar más segura, leer una biografía, lo que sin embargo me dejó más insegura, porque al hacerlo me encontré con que al final de su vida, pocas semanas antes de su muerte, santo Tomás sufrió una alteración de personalidad muy extraña. Durante largo tiempo había trabajado excesivamente y por eso, amén de algunas otras razones psicológicas que me gustaría estudiar luego más detalladamente, empezó a tener distracciones y despistes extraños.
Por ejemplo, una vez que decía misa públicamente en Nápoles, de pronto, y aunque entre los presentes había un cardenal, se detuvo en pleno oficio y permaneció durante veinte minutos en una especie de éxtasis o ausencia, hasta que alguien lo sacudió, preguntándole qué le pasaba, tras lo cual volvió en sí y se disculpó. Se ha dicho generalmente que aquello fue el comienzo de su enfermedad, mientras que algunos dicen que, junto a su racionalismo, debe de haber habido en su personalidad una vena mística, que de cuando en cuando hacía irrupción en aquellos extraños accesos de abstracción y ausencia. Esos estados se hicieron más frecuentes durante sus últimos años —murió a los cuarenta y nueve o a los cincuenta y uno, no se sabe con segundad porque se ignora la fecha exacta de su nacimiento—, y después sucedió algo que nunca se ha explicado. Solía levantarse muy temprano todas las mañanas, para leer misa a solas en la capilla de cualquier monasterio donde estuviera de visita, porque viajaba continuamente. Tenía un amigo, Reginaldo de Piperno, un monje muy humilde que lo acompañaba como servidor personal, un hombre que lo adoraba y que es una de las principales fuentes biográficas sobre santo Tomás.
Este monje relata que una mañana, como siempre, santo Tomás fue a decir misa y cuando volvió estaba palidísimo. «Pensé que se había vuelto loco», dice literalmente el relato latino de Reginaldo. El santo fue a su escritorio, hizo a un lado la pluma con que estaba escribiendo el capítulo sobre la penitencia de su Summa, apartó todos sus avíos de escribir y se pasó todo el día allí sentado en una especie de estado catatónico, con la cabeza entre las manos. Reginaldo de Piperno le preguntó por qué no estaba escribiendo, y él se limitó a replicar: «No puedo». La situación se mantuvo durante varios días. Reginaldo volvió a acercársele para preguntarle por qué no seguía escribiendo, y siempre obtuvo la misma respuesta: «Non possum» —No puedo—. Unos cinco días después intentaron de nuevo descubrir qué era lo que le pasaba, porque no hacía nada en todo el día, ni trabajar ni predicar, sino simplemente estar sentado con aire enloquecido, y dijo que no podía escribir porque le parecía que todo lo que había escrito era como paja {palea sunt).
En biografías posteriores, escritas por personas que no estuvieron presentes, se han añadido las palabras: «en comparación con las visiones magníficas que he tenido», pero esas palabras no figuran en las fuentes originales. Reginaldo de Piperno se inquietó muchísimo por el estado de santo Tomás, y, como él siempre había tenido conversaciones con una prima, una condesa italiana, llevó a santo Tomás a que la viera, pensando que con ella podría abrirse y decir lo que le había pasado. Pero la condesa tuvo la misma impresión y dijo: —Dios mío, qué le sucede al padre Tomás, parece estar loco. El propio santo Tomás no dijo palabra durante toda la reunión, pero después, lentamente, volvió a su estado de ánimo anterior, hasta el punto de que pudo volver a participar en la política de la Iglesia y en cosas semejantes, y accedió a concurrir a un congreso de la Iglesia en Milán o en el sur de Francia. Hizo el viaje en burro. Santo Tomás era por entonces un hombre gordo y robusto, y por el camino se golpeó la cabeza contra la rama de un árbol y se cayó. Era un día de verano muy caluroso y se limitó a levantarse sin decir nada del accidente. Aquella noche se quedaron en el pequeño monasterio de Santa María di Fossa Nuova, en la puerta del cual volvió a sentirse súbitamente enfermo; se sintió mareado y, tocando el marco de la puerta, dijo: —Siento mi muerte que viene; de aquí no saldré —y fue directamente a acostarse. Los monjes de Santa Maria di Fossa Nuova, convencidos de que contaban con alguien maravilloso, el famoso padre Tomás, le insistieron para que diera un seminario, a pesar del estado desastroso en que se encontraba. Forzado a cumplir con sus obligaciones cristianas, con sus últimas fuerzas se empeñó en hacerlo y, según cuentan las tradiciones más antiguas —aunque esto también fue omitido en informes posteriores—, dio un seminario sobre el Cantar de los Cantares de Salomón… Y en mitad de ello, mientras explicaba las palabras «Ven, mi amado, salgamos a los campos», murió. Nunca se han encontrado notas de este seminario, y ya en 1312, en el momento de su canonización, este último episodio fue más o menos pasado por alto; nadie demostró el menor interés en sus últimas palabras, aunque por lo general a las últimas palabras de un santo les cabe un importante papel en su biografía. Sin embargo, en este caso todo fue lavado y purificado con agua de rosas. Todo esto no lo encontrarán ustedes en una biografía oficial, sino en las Acta Bollandiana, las fuentes latinas originales y los informes de los primeros testigos del proceso de canonización.
Tras haber leído lo que antecede, se me despertó la terrible sospecha de que, efectivamente, la Aurora consurgens podría haberse originado en las notas del último seminario de santo Tomás. Como verán ustedes, el texto es una paráfrasis del Cantar de los Cantares de Salomón, y el último capítulo termina exactamente en el mismo lugar donde, según la tradición, murió el padre Tomás. Yo estaba muy ansiosa por mi descubrimiento, porque pensaba que me haría muy impopular si decía lo que había encontrado. Pero después de enfrentarme con mi propia vanidad y con la sensación de que me pondría en ridículo si decía tales cosas, publiqué el libro tal como está, diciendo que no había pruebas objetivas, pero que la evidencia interna estaba más bien en favor que en contra de mi teoría. Hasta el momento [1959] no se ha producido reacción alguna de parte de la Iglesia, ni positiva ni negativa. La reacción oficial alo que dije en el libro ha sido hasta ahora un silencio absoluto; ni un solo especialista ha publicado un artículo diciendo que no son más que tonterías, que la autora no tiene ni la más remota idea de la vida de santo Tomás, ni nada por el estilo. Es claro que yo me tomé todo el cuidado posible en fundamentar mis afirmaciones, pero nadie ha aceptado ni rechazado lo que escribí, que no ha sido recibido más que con un silencio incómodo. Cuando los periódicos hablan del tema, es siempre en relación con los dos primeros volúmenes del Mysterium Coniunctionis, los del doctor Jung; del tercero, el mío, se dice que es un documento muy interesante, y del último capítulo, donde hablo de las cosas que les estoy diciendo ahora, simplemente no se hace ningún caso. Todavía estoy esperando a ver lo que pasa… , ¡parece que fuera una bomba de tiempo! Además, recargué tanto el libro de eruditas notas a pie de página que eso intimida bastante, y parece que la mayoría de las personas no se molestan en leer hasta el final. Pero lo hice a propósito. ¡Era como poner, silenciosa y discretamente, una bomba de tiempo en el Vaticano! Hay una excepción: un padre dominico, maestro de teología, ha reaccionado de forma muy positiva. Es especialista en santo Tomás, y dice que a él le pareció completamente coherente, que si uno tenía amplitud de espíritu, no había nada que no pudiera aceptar en una hipótesis así.
Pregunta: ¿No hay manera de saber si el último Papa lo vio alguna vez?
M. L. von Franz: No, no creo que lo viera. De hecho, pensé enviarle un ejemplar dedicado, pero no lo hice. Tuve que escribirle pidiéndole permiso para usar la Biblioteca Vaticana, dirigiendo la carta «a la Sua Sanctita», y me impresionó mucho tener que dirigirme de esa manera a él, pero no era más que una formalidad.
Pregunta: ¿No es verdad que conocía los escritos de Jung y estaba bien dispuesto hacia él? En La vida simbólica, Jung dice que tenía la bendición papal.
M. L. von Franz: Eso es bastante indirecto. Lo único que puedo decirle es que se ha hablado mucho y quede eso el doctor Jung no me ha dicho nada. Es cierto que el difunto Papa tenía una actitud positiva hacia la psicología en general; en una de sus introducciones a un Congreso de Psicología en Roma expresó que recomendaba el estudio de la psicología, y entre las diferentes psicologías, la freudiana y otras, parece haberse inclinado más bien hacia la junguiana. Ahora me gustaría darles una breve traducción de algunas partes del texto. No podré hacerlo con la totalidad, porque llega a unas cincuenta páginas, pero puedo hacer un extracto de las partes más importantes.
Los primeros cinco capítulos están dedicados a la aparición de una figura femenina llamada la Sabiduría de Dios. En los Libros de la Sabiduría —que son todos material tardío del Antiguo Testamento, influido por el pensamiento gnóstico y el gnosticismo, desde más o menos el siglo II a. C. hasta el I de la era cristiana—, en todos esos diversos escritos, como los Proverbios, hay una personificación de la Sabiduría de Dios que aparece como una figura femenina. Ella estaba con Dios y actuaba ante Él antes de que fueran creados el mundo y la humanidad. Esta Sabiduría de Dios se mezcla con la idea gnóstica de la sophia.
Esta personificación femenina era una figura incómoda para los teólogos cristianos. ¿Qué es? En los últimos escritos del Antiguo Testamento aparece una especie de novia o mujer de Dios… Ciertamente, hay una figura femenina, pero ¿quién era? La actitud medieval habitual era identificarla con el Espíritu Santo, decir que no era más que un aspecto femenino, y allí donde se hablaba de la Sabiduría de Dios había que entender realmente el Espíritu Santo, pero algunos la veían como el alma de Cristo — anima Christi —, que existía ya antes de la encarnación de Cristo, y de esa manera era idéntica a la forma de Cristo como palabra eterna, el logos, que está con Dios desde toda la eternidad y antes de su encarnación como Jesús Cristo, pero aquí se ha considerado que la Sabiduría de Dios es la misma cosa, y para explicar su feminidad se usa la expresión «el alma de Cristo», anima Christi.
La tercera explicación, que en mi opinión es la más interesante, es que representa la suma de todos los arquetipos (y esto es lenguaje medieval, no estoy proyectando las palabras junguianas), los archetypi, es decir, las ideas eternas en la mente de Dios cuando creó el mundo. Lo explican así: cuando Dios creó el mundo, a la manera de un buen arquitecto concibió primero un plan en el que todo —los árboles, los animales, los insectos, todo— estaba presente como idea. Antes de que hubiera millares de osos en el mundo, estaba la idea de un oso en la mente de Dios, y antes de que hubiera millones de robles, estuvo la idea de un roble. La idea de un roble en la mente de Dios sería el archetypos o radones aeternae o ideae, los planes eternos o ideas. Dios concibió el mundo y después plasmó su idea en la materia y creó el mundo real. Si lo traducimos al lenguaje psicológico, significaría que la Sabiduría de Dios representa el inconsciente colectivo, la suma de todas las ideas de diseños originales de la realidad… , pero eso sería el lado femenino de la Divinidad.
Pregunta: ¿Como se compagina esto con la idea de que la palabra, la idea, el logos, se relaciona con lo masculino, mientras que lo femenino se conecta con la materia, con la materialización? Seguramente, aquí se debería hacer una diferenciación entre el arquetipo y la imagen arquetípica.
M. L. von Franz: No creo que eso entre en escena todavía. Yo diría que en la idea del logos se pone el énfasis en la unidad y en el orden espiritual, y en el paralelo femenino el énfasis está sobre el tipo multiplica doy más concretado en imágenes. Ése es el matiz. La imagen arquetípica no está en juego todavía; en realidad, ésa es una etapa posterior. Hablando en términos de la escolástica medieval, eso sería el unus mundus, una existencia puramente espiritual que todavía no se ha convertido en imagen en mente alguna, a no ser en la de Dios. Yo haría más bien esta distinción: algunas personas experimentan el inconsciente, y quedan más impresionadas por él, por la vía de su ordenamiento espiritual, por ejemplo en el significado de un sueño…, y dicho sea de paso, esto es más propio del tipo pensante. Aunque yo interpreto muchos sueños al día, con diferentes personas, siempre me deja pasmada la maravillosa estructura del sueño. Hay una exposición y después, de una manera muy astuta, las imágenes se mezclan y el significado se aclara. Como yo soy de tipo pensante, me admira el pensamiento en el inconsciente, con su maravillosa estructura. Si fuera más bien de tipo sentimental, quizá con inclinaciones artísticas, entonces —como lo veo con frecuencia en mis analizandos— me impresionaría más la belleza de una imagen onírica, el valor sentimental de un elemento del sueño. Cuando yo comento que un sueño está maravillosamente estructurado, es probable que el analizando me diga que sí, pero que a él le impresione más la imagen tan vivida o el tono emocional tan definido. A un tipo más lógico y racional le impresiona la estructura maravillosa de algo que uno podría esperar que fuera completamente irracional. La lógica de un sueño es algo que siempre me asombra, la lógica fantástica que hay en esa serie de imágenes. Por lo tanto, yo diría que el logos representaría el elemento estructural del inconsciente —de estructura y de significado—, en tanto que en la especificación femenina está más bien la idea de su manifestación emocional y pictórica. Yo más bien los compararía entre sí de esa manera, pero ambos aluden al inconsciente en nuestros términos, e incluso los autores escolásticos dicen que no es más que una manera de hablar; puede llamárselo sophia o logos, porque para ellos son una y la misma cosa, o dos aspectos de la misma cosa, y podríamos estar completamente de acuerdo con este tipo de enseñanza.
La tercera teoría, que existía ya en la Edad Media, nos viene de los árabes. El famoso filósofo árabe Ibn Sina, conocido en la literatura europea como Avicena, desarrolló la idea aristotélica referente al llamado nous poiétikos, que es la siguiente: Dentro de la realidad cósmica del mundo hay una inteligencia creativa que existe en las cosas mismas; existe en el cosmos, es creada por Dios. Dios creó el mundo, y en él creó un espíritu creativo o, como se lo interpreta generalmente, una inteligencia creativa que es responsable del significado y la importancia de los eventos cósmicos. Este carácter significativo —el hecho de que el cosmos no sea ni un caos ni una máquina que simplemente sigue marchando de acuerdo con leyes causales, sino que es también un misterio en el cual pueden darse sincronicidades significativas— fue atribuido al nous poiétikos.
San Alberto el Grande y santo Tomás, su discípulo, desenterraron los escritos de Avicena y se metieron en grandes dificultades porque estaban absolutamente fascinados por la idea del sentido del cosmos, la noción de que el cosmos tiene una inteligencia, y no sabían cómo reconciliar todo aquello con sus ideas cristianas. San Alberto era un intuitivo y un gran genio, pero no un pensador muy cuidadoso, y se limitó a señalar alegremente que aquello era algo así como el Espíritu Santo. Santo Tomás, que era del tipo pensante, no podía tragarse entero todo aquello y por lo tanto cortó en dos el nous, diciendo que en parte el nous poiétikos no estaba en el cosmos, sino en la mente humana, cuya base constituía —en términos modernos diríamos que era la base del misterio de la conciencia—, y la otra mitad, decía santo Tomás, era simplemente la Sabiduría de Dios. Así cortaba en dos partes el concepto islámico, asignándole una al hombre y otra a la Sabiduría de Dios.
Esto es muy interesante, porque originariamente se proyectaba afuera la inteligencia, el significado oel orden espiritual del mundo. La gente del medievo, como los primitivos, no se daba cuenta de que el orden es algo que vemos por mediación de la mente. La causalidad no es algo que exista; es simplemente la forma en que nos explicamos la secuencia de los acontecimientos, es decir, una categoría filosófica. Lo mismo se aplica a la sjncronicidad, pero la conexión de la secuencia de los acontecimientos en sí mismos no es algo que nosotros conozcamos. En la época medieval, la gente aún seguía pensando que la causalidad y otras categorías existían objetivamente en el mundo exterior y, por consiguiente, que éste tenía una inteligencia, lo cual no era una idea tan estúpida. La idea de la inteligencia del mundo los impresionó mucho, y gracias a ella pudieron entender por qué Dios había creado el mundo con sus interconexiones significativas. Después santo Tomás introyectó o recuperó esta proyección y se dio cuenta de que, en parte, es algo que depende de nuestras propias operaciones mentales, porque el significado no existe mientras no lo veamos, y si nadie describe la causalidad, pues no existe. Ambos son algo que depende de la mente que observa y es capaz de describir. Así pues, santo Tomás dio el moderno paso de introyectar las teorías de la ciencia natural, dándose cuenta de que los términos que usamos provienen de nuestra propia mente. Como era un gran pensador, fue más lejos incluso y se preguntó por qué nuestra mente producía ideas tales como conexiones significativas, y se lo atribuyó al nous poiétikos.
Éste es el estado de conciencia del hombre que quizás escribió el texto que ahora estamos considerando. El texto continúa: Todas las cosas buenas me llegaron por mediación de ella, la Sabiduría del Sur [literalmente, del viento sur], que se queja en las calles, llamando a la gente, y habla a la entrada de la ciudad: «Venid a mí y sed iluminados y vuestras operaciones no os serán recriminadas. Todos vosotros los que me queréis seréis colmados con mis riquezas». Venid, hijos míos, y escuchad, porque yo os enseñaré la Sabiduría de Dios, que es sabio y entiende aquello de lo cual dice Alphidius que los adultos y los niños oyen en la calle, que los animales callejeros lo hunden día tras día en el estiércol, y de lo cual dice Sénior que nada es exteriormente más despreciado y nada de naturaleza más preciosa, y que Dios no nos lo ha dado para que fuera comprado con dinero. Ella, la Sabiduría, es aquello de lo que Salomón dice que se lo ha de usar como una luz, y que él colocó por encima de toda belleza y de toda salvación, porque ni siquiera el valor de las gemas y de los diamantes era comparable con su valor. El oro en comparación con ella es arena, y la plata en comparación con ella es arcilla. Eso es muy cierto, porque conseguirla es más importante que el oro y la plata más puros. Sus frutos son más preciosos que las riquezas del mundo entero, y todo lo que puedas querer no puede ser comparado con ella.
Salud y larga vida están en su mano derecha, y gloria y riquezas inmensas en la izquierda. Sus obras son bellas y dignas de elogio, no desdeñables ni malas; y su marcha, mesurada y no presurosa, pero conectada con un trabajo duro, continuo y persistente. Es el árbol de la vida para todos los que la entienden, y una luz que nunca se extingue. Benditos aquellos que la han entendido porque la Sabiduría de Dios nunca pasará, de lo cual da testimonio Al phidius cuando dice que el que una vez haya encontrado esta sabiduría recibirá de ella legítimo y eterno alimento. Hermes y los demás filósofos dicen que si un hombre tuviera este conocimiento [aquí la palabra conocimiento está usada en vez de sabiduría] durante mil años y tuviera que nutrir diariamente a siete mil personas, aún seguiría teniendo suficiente, y Sénior dice que un hombre así es tan rico como el que posee la piedra filosofal, de la cual se puede conseguir, e igualmente dar, fuego a quien se desee. [Se sabe que si uno tiene una piedra de fuego, entonces siempre puede reproducir sin falta el fuego.]
Aristóteles dice lo mismo en el segundo libro, Sobre el alma, donde escribe que hay límites para el tamaño y el crecimiento de toda cosa natural, pero que el fuego, en cambio, puede crecer eternamente si se lo sigue alimentando. Benditos sean los que encuentran esta ciencia [ahora usa ciencia en vez de sabiduría, pero quiere decir lo mismo] y a quienes la inteligencia de Saturno inunda. Piensa en ella de todas las maneras y ella misma te conducirá. Sénior dice que sólo el sabio y el intelectual, y el hombre que piensa con precisión y el que es inventivo, pueden entenderla, y sólo después de que su espíritu ha sido clarificado por el libro de la agregación. Porque entonces la mente de una persona así comienza a fluir y a seguir su deseo [aquí se usa en vez de deseo la palabra concupiscencia, muy chocante para un monje medieval]. Benditos sean los que tienen en cuenta mis palabras. Y dijo Salomón: «Hija mía, cuélgatela del cuello e inscríbela en las tabletas de tu corazón y la hallarás». Dile a la Sabiduría que eres mi hermana y llámala tu amiga. Pensar en ella es una perfección sutil que sigue por completo a la naturaleza y perfecciona la sabiduría. [De pronto el texto cambia, y el hombre tiene que añadir perfección a la sabiduría, a la Sabiduría de Dios. Ella es la cosa más perfecta, y pese a ello el hombre tiene que añadirle sabiduría.] Quienes permanecen despiertos por su día y noche pronto estarán seguros. Ella es muy clara para quienes tienen penetración y jamás se desvanece ni se extingue. A quienes la conocen les parece fácil, porque ella misma va en busca del que es digno de ella. Va hacia él llena de placer y lo encuentra en cada providencia, porque su comienzo es la más auténtica naturaleza, de la cual no proviene engaño.
Obsérvese el jubiloso lenguaje bíblico y las muchas alusiones a diferentes citas bíblicas. Quien conozca bien la Biblia, la sentirá constantemente resonar en los oídos. Las citas son principalmente de la Vulgata y por lo tanto, naturalmente, están formuladas en términos un poco diferentes que en la Biblia inglesa. Al comienzo a uno le sorprende un poco encontrarse con una paráfrasis de las palabras de la Sabiduría de Dios. Ella se aparece en las calles y llama a los hombres. Eso, como ustedes saben, está tomado de la Biblia. Está principalmente en el Libro de Jesús Sirach y en los Proverbios. Después, si se escucha con cuidado, se percibe algo muy extraño. A saber, primero está la Sabiduría de Dios, una entidad femenina que llama a las gentes hacia ella invitándolas a que vayan a escucharla. Después, la idea se modifica, y se nos dice:«Esta es la cosa pisoteada por las calles, despreciada por todos». Se trata de una cita alquímica que en el texto original se refiere a la piedra filosofal. De modo que quien conozca la cita sabe que desde el comienzo mismo del texto, el autor identifica la Sabiduría de Dios con la piedra filosofal, que para él son una y la misma cosa. Debe de haber tenido una experiencia respecto de la cual sentía que lo que había entrado en él, y que se había adueñado de él, era lo que los alquimistas llaman la piedra filosofal. Sigue luego citando a algunos otros alquimistas, entre ellos Sénior, que dicen que ella es muy preciosa pero que las gentes ordinarias la desprecian, y hay una larga comparación para demostrar cuánto más preciosa es ella que los bienes mundanos. Viene después una alusión, no bíblica, al hecho de que para encontrarla hay que trabajar durante mucho tiempo, ya que ella es una especie de nutrimento eterno, o algo como el fuego que puede encender otros fuegos, y entonces de pronto dice que para encontrarla no se necesita más que una cosa, a saber, una percepción sutil de la verdadera naturaleza. Esto va seguido de una cita más sorprendente aún, de nuestro amigo Sénior: «Si esto haces, entonces tu mente comenzará a fluir y seguir a su concupiscencia». En el lenguaje escolástico medieval, concupiscencia se refiere a los apetitos ordinarios: deseos sexuales, deseo de comer y cosas semejantes, pero principalmente al deseo sexual, la base llana y vulgar del amor superior. El propio santo Tomás tenía una teoría del amor, que para él empezaba siempre con la concupiscencia y debía ser sublimado hasta llegar a ser amor de Dios.
Ante este texto, o bien no podemos entender nada, y nos limitamos a decir que está más allá de nuestro alcance, o debemos abordarlo como se aborda un sueño. Podemos tomarlo como si fuera un documento del inconsciente, en cuyo caso su significado se aclara: el inconsciente colectivo ha irrumpido en la mente del hombre y la ha invadido, en forma de una personificación femenina que él sintió como la Sabiduría de Dios. . . Y ya verán ustedes luego que piensa que la Sabiduría de Dios y Dios son uno. Un aspecto femenino de Dios lo ha anegado, y él dice que a eso se llega observando la naturaleza de manera sutil y siguiendo el propio deseo interior, es decir, que es una verdad sutil que puede encontrar cualquiera que tenga la simplicidad mental de seguir su propio deseo. Si esto significa algo, significa una abrumadora vivencia del inconsciente encerrada en la forma de una personificación femenina. Por la sensación que me da el texto, creo —y espero que estarán ustedes de acuerdo conmigo— que aquí no se trata de una invención del intelecto. A mí me da más bien la sensación de que hubiera sido escrito por alguien que se vio primero anonadado por una vivencia así, y después intentó expresarla mediante esas citas bíblicas y alquímicas. Una cosa así se puede observar, por ejemplo, al comienzo de una psicosis.
Uno de los síndromes más destructivos en un intervalo psicótico ocurre cuando la gente está invadida por vivencias emocionales o alucinatorias y no puede expresarlas. Tan pronto como son capaces de contárselo a alguien, ya no están completamente psicóticos, y la primera etapa ha pasado. Si pueden decir algo al respecto y describir su vivencia aunque sea tartamudeando o en forma simbólica, si de alguna manera pueden sacarla afuera, ya no están perdidos y el proceso de curación se ha iniciado. Lo peor es cuando la cosa es tan abrumadora que simplemente se quedan en blanco, se meten en cama y se vuelven catatónicos. Uno sabe que están pasando por las experiencias íntimas más tremendas, pero externamente se los ve quedarse en cama como un bloque de madera, negándose a comer. Cuando empiezan a moverse y a tartamudear y a hablar de lo que han visto, eso ya es una mejoría, porque han encontrado un modo de expresarse. Por eso es sumamente importante, si tienen ustedes que vérselas con una posibilidad así, que traten a esas personas como si tuvieran una psicosis latente y les ofrezcan una cantidad enorme de conocimiento simbólico. Si se sospecha una posible invasión o irrupción del inconsciente colectivo, hay que suministrarles forzadamente a estas personas tanta información simbólica como se pueda, haciéndoles leer, tanto como sea posible, a Jakob Boehme, textos alquímicos y mitología. Los pacientes no sabrán por qué, y hasta puede ser que les parezca raro, pero entonces, si sobreviene la vivencia abrumadora, quizá puedan expresarla, o al menos describirla. Si pueden hacer suficientemente bien esta preparación del terreno mediante un entendimiento simbólico por adelantado, por más que ellos no le vean utilidad, cuando sobrevenga la experiencia contarán con una red con la cual podrán pescarla y darle nueva expresión.
El doctor Jung me contó que había tenido el caso de una doctora extranjera, muy racional y de mentalidad estrecha, que había estudiado psiquiatría y quería hacer un análisis de capacitación. Él se dio cuenta al instante de que la mujer tenía una psicosis latente, y deque la situación era bastante peligrosa. En vez de darle un análisis de capacitación estándar, la atiborró de tantos conocimientos simbólicos como pudo: historia delas religiones, mitología, tanta alquimia como él podía saber en aquel momento, y más en ese estilo. Debido a su fuerte transferencia, ella se tragó todo aquello, pero sin ver ni remotamente qué tenía que ver con ella. Entonces regresó a su país y de pronto la cosa estalló y la mujer se tiró por la ventana del hospital donde estaba trabajando. Se rompió ambas piernas, pero cuando la ingresaron en el hospital estaba loca de atar, totalmente perdida en un episodio psicótico. El médico que la trató escribió a Jung informándole de la evolución del caso, y le describió cómo después de tres días de estar, al parecer, completamente loca, articulando un discurso totalmente psicótico, empezó a recordar algunas de las cosas simbólicas que había leí doy lo que Jung le había dicho acerca de ellas. Empezó a poner en orden todo aquello y en torno de ello formó el núcleo de una nueva personalidad yoica. Pasadas tres semanas, había salido del episodio y estaba completamente normal, lo que había oído y leído antes acudió ahora en su rescate, y le permitió contener aquella experiencia emocional abrumadora en el marco de un entendimiento psicológico simbólico. La mujer se recuperó y, de acuerdo con la correspondencia que Jung mantuvo con ella durante muchos años —ya que jamás volvió a verla en persona, porque venía de un país muy lejano—, jamás tuvo una recaída; aquél fue su único episodio psicótico, y hay toda clase de razones para creer que la cosa está ahora realmente integrada, y que ella está curada. Ya ven ustedes, pues, cómo el conocimiento del simbolismo es, por así decirlo, una red en la cual se puede al menos atrapar el misterio inexpresable de una vivencia inmediata del inconsciente. Creo que nuestro autor tuvo una de estas vivencias indescriptibles y abrumadoras del inconsciente y que, de manera bastante caótica, intentó capturar y describir lo que había sucedido mediante un potpourri de citas bíblicas y alquímicas.
Comentario: Estoy pensando cómo reconciliar lo que usted acaba de decir sobre ser capaz de expresar estas vivencias con lo que dijo en un curso anterior, creo que el año pasado, cuando señaló usted que con sólo que los psicóticos no hablaran, nadie se enteraría de nada.
M. L. von Franz: Es muy sencillo. Me refería a que no deberían hablar de esas cosas con la gente en general, pero que estaría muy bien que lo hicieran con su analista. Si nuestro autor se hubiera puesto a proclamar  por las calles que la Sabiduría de Dios había descendido sobre él y que ahora él conocía sus secretos, eso no hubiera sido adecuado, pero al parecer escribió un artículo o dio un seminario sobre el tema o, si era el último seminario de santo Tomás, entonces él estaba en coma y se limitó a hablar aproximadamente de esa manera. No creo que santo Tomás pudiera seguir escribiendo, de modo que esto debe de haber sido reconstruido a partir de notas tomadas, lo que concordaría con el hecho de que los manuscritos son muy diferentes, algunos más ricos y otros más pobres. Incluso enlos manuscritos más antiguos hay una diferencia muy grande. Tenemos notas de otras conferencias que dio santo Tomás. En aquella época era común tomar notas en los seminarios, y de varios escritos suyos no hay más testimonio que los apuntes de sus alumnos; me imagino que hablaba, como dice el informe original, medio como en éxtasis y, cuando estaba muy débil, sobre el Cantar de los Cantares. En un caso así no se podría decir que debería haber contenido la lengua, pero el resultado fue que más adelante, simplemente se dejó de lado esa parte de su vida y lo que en aquella época dijo. Guillermo de Tocco y Reginaldo de Piperno, los primeros biógrafos, registraron los hechos, pero las biografías posteriores no los mencionan, porque ¿cómo era posible que, ni siquiera estando poco menos que en coma, ese gran hombre, con su mente maravillosamente clara y racional, dijera cosas así en su lecho de muerte? Las personas normales o los que no están recluidos en un hospital, si han tenido una experiencia así se la habrán reservado para sí, o se la habrán contado a unas pocas personas capaces de entenderlas. Si uno ha tenido ya un episodio psicótico y está en Burghölzli o en otro hospital para enfermos mentales, es mejor si se lo cuenta a alguien dispuesto a escucharlo que quedarse en cama sin decir nada, que me parece muy mal indicio. Un caso está mucho más «ido» que el otro. Además, ese tipo de discurso no se dirige a ninguna persona en particular, es como una especie de anuncio, una anunciación extática: «Ahora os comunicaré la Sabiduría de Dios. . . ». ¡Es un estilo que se reconoce! Pero el que usa un lenguaje así no está necesariamente en el otro lado de la frontera, porque ése es el estilo del inconsciente. Recuerdo que cuando hacía una de mis primeras prácticas de imaginación activa se me apareció una figura que me daba una sensación maravillosa, y que hacía anuncios como ésos, ¡y yo simplemente no podía escribirlos! Me producían tanto rechazo que me quedaba obstruida, pero el doctor Jung me dijo que ése era el estilo del inconsciente. Según cómo lo juzgue uno, es de muy mal gusto. A un joven que trabajaba la imaginación activa se le apareció personalmente el Espíritu Santo, hablándole como uno se imagina que debe de hablar, y el pobre hombre estuvo a punto de vomitar  por tener que escribir semejantes pomposidades. En nosotros y en nuestra naturaleza terrenal y práctica hay un escepticismo que no lo aguanta, pero ése es el estilo del inconsciente, y lo que explica por qué, cuando la gente cae en ese estado, habla con convicción y empieza a tener ese estilo pomposo y emocionalmente rimbombante. Está transportado por la emoción y es un estilo ritualista o sacramental, como esas hermosas canciones de los indios norteamericanos, que repiten muchísimo los tres «amén» y cosas por el estilo. Cuando se toca a los niveles emocionales más profundos, eso es algo que hay que aceptar. Uno todavía puede observar con desapasionamiento, pero si se ha de permitir que esas cosas se expresen en su forma originaria, hay que dejarles esa manera de hablar tan emocional y pomposa. Y creo que por eso esto está escrito en ese estilo extático y de prédica. Preferiría saltarme el capítulo siguiente porque es muy desagradable. Dice que se ha de amar la luz de la sabiduría porque quien la ame dominará el mundo, que es un sacramento de Dios que no se ha de compartir con las gentes comunes porque todos se pondrían celosos, y cosas así. Sólo al final es un poco mejor, cuando explica que, si uno encuentra este secreto, entonces dice: Sé feliz, Jerusalén, recógete en el placer porque Dios ha tenido piedad de los pobres y Sénior dice que hay una piedra que si alguien la encuentra se la pondrá sobre los ojos y jamás la tirará porque es el elixir que ahuyenta todo sufrimiento y, salvo Dios, no tiene el hombre cosa mejor. ¿Qué le ha sucedido aquí al hombre? Probablemente ustedes vean de qué se trata porque habla de gobernar al mundo y dice que no se les ha de decir a las gentes comunes. ¿Quién habla de esa manera?
Respuesta: Alguien con una inflación.
M. L. von Franz: Sí, en este capítulo está con una inflación. La experiencia de la Sabiduría de Dios ha sido abrumadora, y ahora, en cuanto es el que ha tenido esa experiencia y sabe todo lo que hay que saber de ella, naturalmente es el gran hombre. Se captan al instante los matices arrogantes del que ha sido elegido y siente que todos los demás son tontos y están celosos. Son los síntomas típicos de una inflación, inevitables después de una experiencia así. No creo que ningún ser humano pueda tener una vivencia semejante sin pasar en algún momento por una etapa así; es parte de la experiencia, y la cuestión es simplemente cuánto tiempo se queda uno en ella. El capítulo siguiente es aun peor. Habla de aquellos que no conocen esta ciencia y que la niegan. A esta ciencia de Dios y enseñanza de los santos, el secreto de los filósofos y elixir de los doctores, la desprecian los tontos que no saben lo que es. Rechazan la bendición de Dios y es mejor que no la reciban porque todo el que no sabe de esto es su enemigo, y por eso es por lo que Speculator dice que burlarse de esta ciencia es la causa de toda ignorancia, y que no se ha de dar ensalada a los burros que se conforman con cardos ni arrojar margaritas a los puercos, etc. Con los tontos se ha de hablar como hablaría uno con gentes que están dormidas, sin ponerlos nunca en el mismo nivel que al sabio. Siempre habrá pobreza e infelicidad en el mundo porque el número de tontos es inmensamente grande. Allí la inflación alcanza la cima.
Después viene un capítulo bastante seco que muestra un cambio en la situación psicológica. Muy prosaicamente, el autor dice que el título de su libro es «La aurora que surge» por cuatro razones: Primero, la palabra aurora se podría explicar como Áurea hora [la hora dorada], porque hay cierto buen momento en este opus cuando uno puede alcanzar su objetivo; segundo, la aurora está entre el día y la noche y tiene dos colores, a saber el amarillo y el rojo, y así nuestra ciencia, o alquimia, produce los colores amarillo y rojo, que están entre el negro y el blanco. Éste es el conocimiento alquímico clásico sobre nigredo albedo rubedo citrinitas, las cuatro etapas del color, y la aurora sería el advenimiento del color amarillo rojo, la culminación de la obra alquímica.
Tercero, al amanecer los enfermos que han sufrido durante toda la noche generalmente se sienten un poco mejor y se duermen, y así, en la aurora de nuestra ciencia, los malos olores que perturban e infectan la mente del alquimista en su trabajo desaparecen tal como lo expresa el salmo: «Si por la noche llanto, a la aurora alegría» (Salmo 30, 5). Y en cuarto lugar, la aurora llega al final de la noche, como el comienzo del día o la madre del sol, y la culminación de nuestra obra alquímica es el término de toda la oscuridad de la noche en la cual si un hombre marcha, tropieza (S. Juan 10,10), por lo cual en las escrituras dice: «Un día pasa al otro la palabra, una noche a la otra da noticia» (Salmo 19, 2), y «… la noche brilla como el día: la oscuridad y la luz para ti son lo mismo».
Esta última cita (Salmo 39 de la Vulgata) es el salmo que se canta la noche antes del día de Pascua en la Iglesia católica, donde la noche se convierte en luz y se vuelve tan luminosa como el día, y así. Entonces, por cierto debemos sospechar que incluso si no es santo Tomás, este gran hombre es un sacerdote católico, porque probablemente nadie más podría citar con tanta seguridad la Biblia. Aquí alude a la misa de la noche de Pascua, y compara la aurora de la ciencia, la aurora que surge, con la noche antes de la Pascua, el momento del renacimiento y la resurrección de Cristo.
Por lo que se refiere al estado del autor, ya ven ustedes que ahora el estilo extático ha desaparecido por completo y se ha vuelto ligeramente pedante. A la Aurora se la llama de tal y tal manera por cuatro razones. Por lo tanto, yo diría que el hombre ha salido de su inflación, que ha vuelto a un estado de conciencia de relativa sobriedad, y que ahora intenta poner orden en su experiencia. Como es típico, éste es un orden cuádruple. Se nos dan cuatro explicaciones —cuatro razones— de la palabra «aurora». Cada vez que la conciencia intenta establecerse, impone a las cosas un orden cuádruple; ésta es la red con que atrapa las cosas y las pone en orden, y ahora nuestro hombre intenta dar una cuádruple explicación de la aurora que surge. La aurora es la sabiduría de Dios, como veremos luego, de modo que el autor del texto que comentamos intenta poner cierta distancia entre lo que le ha sucedido, y procura ver lo que es; se ha encontrado con la aurora que surge y puede describirla con cuatro razones.
A mí su explicación me parece muy superficial. Primero hace un juego de palabras — aurora, áurea hora — y después la compara con el amanecer cuandolos enfermos se duermen después de haber pasado una mala noche. ¿Qué piensan ustedes de esto?
Respuesta: Parece como una compensación intelectual del exceso emocional.
M. L. von Franz: Sí, pero es que va demasiado lejos. Eso sucede muy frecuentemente en las etapas esquizofrénicas. Hay un juego de palabras, después aparecen vulgaridades y una alegría súbita muy desagradable. Es una compensación por haber sido arrastrado demasiado profundamente a las emociones. Es comprensible como un acto de compensación o para escapar de la emoción, pero para quien lo ve de afuera no es más que repugnante. Un ser humano ha tenido la más profunda de las experiencias íntimas, en la que uno participa con su sentimiento, ¡y después esa misma persona viene un día a decir que todo eso son tonterías ! He observado esta reacción prácticamente cada vez que alguien ha caído demasiado en la profundidad del inconsciente. Es el mecanismo de defensa de una conciencia débil contra una experiencia demasiado abrumadora. Me gustaría describirla como esquizoide —tomar las cosas serias muy a la ligera, descartándolas con una risa poco menos que cínica—, pero ésa es la compensación por haberse visto demasiado arrastrado a las profundidades. Aquí tenemos una de esas reacciones desvalorizadoras. En los casos extremos se produce lo que médicos y psiquiatras incluso quieren alcanzar, es decir, la «restauración regresiva de la persona», cuando la gente dice que todo lo que han visto era parte de su enfermedad y que jamás volverán a pensar en aquello. Entierran toda la experiencia y se dedican al intento de adaptarse socialmente; se buscan trabajo en un despacho y no quieren que les recuerden siquiera lo que decían y pensaban en aquella época. Por lo general se mudan para no encontrarse con la misma gente, y si hablan de aquella época es como de algo que les pasó cuando estaban enfermos. La experiencia es demasiado quemante, y por eso se la rechaza absolutamente. Su efecto fue demasiado fuerte al principio, y después, cuando quizá mediante una terapia de choque han salido de aquel estado, lo más común es que sobrevenga la actitud de desvalorizar. Cuando sin terapia se saca a la gente de un estado así, ya sea con Largactil o algún remedio parecido, o con electroshock, entonces la reacción suele ser ésa. Son personas que se avergüenzan de su pasado, cuando estaban locas, que se adaptan a la realidad de una manera superficial y, si uno habla con ellas, son aburridas. Uno tiene la sensación de que se han vuelto aburridamente normales; toda la sal y la vitalidad de la personalidad han desaparecido. Aquí, gracias a Dios, no se trata más que de una fase transitoria, y eso es algo que sucede a menudo y que se puede entender. Es un ritmo normal en las reacciones humanas, ejemplificado por ejemplo en la dramaturgia clásica antigua, en la que tres tragedias van seguidas por una comedia. Uno no podía irse a casa después de haber visto el Edipo Rey y otras dos piezas de Sófocles; al final tenía que haber alguna de las comedias de Aristófanes para que todo el mundo se desternillara de risa. También está el mecanismo típico, cuando en mitad de un funeral muy solemne uno ve de pronto algo gracioso y una reacción nerviosa le provoca ganas de reírse. Lo que se convierte en ganas de reír es la culminación de la emoción; uno no puede aguantar demasiado de una situación tan exageradamente trágica y por eso a ratos se siente forzado a burlarse de ella. Esto explica también las parodias de la misa en la Edad Media. Durante trescientos sesenta y cuatro días al año, a la misa y a la hostia se las tomaba muy en serio, pero un día se las tomaba en broma. O como en el ritual de los indios norteamericanos, en el clan de los thunderbird hay un payaso que se burla de las ceremonias más santas, haciendo comentarios obscenos y toda clase de bromas; esto demuestra cómo, en la gente normal, la culminación de la emoción genera el deseo de compensarla de alguna manera. Es decir que la reacción del esquizoide que se ve amenazado por el inconsciente es completamente normal. En casa tenemos una muchacha que ve fantasmas y puede hablar de manera muy gráfica de sus experiencias. Para ella, ésa es la realidad absoluta en que vive, y se pasa horas hablando con los fantasmas. Es un gran secreto, en el cual primero uno tiene que ser admitido, y después ella puede hablar del tema con gran emoción, pero jamás termina una conversación así para volver a su trabajo en la casa sin decir: «Bueno, ya se sabe que los fantasmas no existen, todo esto son tonterías». Y entonces, con una gran sonrisa, vuelve a su trabajo. Ese comentario es simplemente un rite de sortie, porque ella no puede pasar inmediatamente de sus experiencias con los fantasmas a poner a hervir las patatas; el rite de sortie es su forma de liberarse de algo que la ha conmovido profundamente. La mayoría de las personas, si tienen algún sentido del humor, cuando se han puesto demasiado dramáticas hacen algo parecido.
El capítulo siguiente se titula Estimulando al ignorante a la búsqueda de la sabiduría.
[Preguntaos] si no oís a la Sabiduría y si no es comprensible el ingenio en los libros de los sabios cuando ella dice: Os llamo, oh, hombres, y llamo a los hijos del entendimiento. Entended la parábola y su interpretación, entended la palabra de los sabios y su enigma. Los sabios han usado todo tipo de expresiones haciendo comparaciones con todas las cosas de la tierra para aumentar esta sabiduría. Si un sabio oye a los sabios se volverá más comprensivo y lo sabrá». Esta es la Sabiduría, Reina del Sur, que ha venido del este como la aurora que se eleva para oír y entender la sabiduría de Salomón. En su mano están el poder, el honor, la gloria y el reino. Tiene sobre la cabeza una corona de doce estrellas resplandecientes, como una novia ornamentada para su prometido, y sobre su túnica hay una inscripción dorada en griego [probablemente en árabe] y en latín:«Como reina gobernaré y mi reino no tendrá fin para aquellos que me encuentren con sutileza y espíritu de inventiva y constancia». Ahora el autor intenta enfrentar de otra manera su experiencia: de pronto entiende que todos los textos simbólicos que ha leído antes, en la Biblia y en alquimia, apuntan a la misma experiencia. Probablemente ahora es capaz de leer textos alquímicos y de sentir que sabe lo que quieren decir, porque puede vincularlos con su propia experiencia y piensa que toda la Biblia y toda la tradición alquímica son algo simbólico, una especie de símil o de descripción simbólica de las vivencias que él acaba de tener.
Aquí ven ustedes que lo que yo les describí se produce ahora: al amplificarlas con otros textos, él está tratando de atrapar, consolidar y entender sus experiencias íntimas. Ve amplificaciones posibles en la Biblia y en la literatura alquímica. Y ahora esta figura, que es realmente la figura clave de toda la experiencia —es decir, la Sabiduría, la Reina del Sur, o la Aurora que Surge— vuelve a aparecer, y él la ensalza. Ella es la reina que reinará eternamente en su reino. Se llama la Reina del Mediodía, o el Viento del Sur —en latín, auster significa a la vez «viento del sur» y «mediodía»— y eso se refiere al texto bíblico en Mateo 12, 42: «La reina del sur comparecerá en el juicio con esta generación y la condenará; porque ella vino desde los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón». Este texto, que es más o menos el mismo que Lucas 11, 31, se refiere a la famosa reina de Saba que vino a visitar al rey Salomón y tuvo con él, como ustedes saben, un encuentro amoroso del cual provienen aún los reyes de la dinastía abisinia actual. La reina de Saba era etíope, una reina pagana, que fue convertida por Salomón a la religión verdadera. Con sus sirvientas negras se acostó con él y después, embarazada, regresó a su reino y dio a luz al primer rey de Abisinia. Este episodio amoroso del envejecido Salomón se convirtió en el gran tema de la literatura amorosa en Europa. En Oriente, como ustedes saben, en especial en el misticismo persa y en parte del islámico —sobre todo el de la tradición chiíta, a la cual pertenecía Sénior—, hay libros de los que se podría decir que constituyen la bibliografía de la coniunctio, es decir, la unión de un hombre importante, un rey, con una reina o algo así, de la cual se dice que es una imagen de la unión del alma con Dios, ya que al alma del hombre se la considera femenina: el anima se casa con Dios en el momento del supremo éxtasis religioso, y por lo tanto en ese momento el místico es una novia que se desposa con la Divinidad. De los muy terrenales y comprensibles poemas de amor de al Hafis se dice que deben ser leídos con un sentido místico y que al Hafis no está hablando de un episodio amoroso ordinario con una mujer, sino que se vale de ese lenguaje para describir la unión mystica del alma con Dios. Lo mismo es válido para al Roumi. La carta de amor del sol a la luna es una variación típica de este tipo de literatura amorosa, en la que se puede decir que el problema del fenómeno de la transferencia con el proceso de individuación está unido y expresado en lenguaje simbólico de la manera más hermosa. La experiencia del anima para el hombre y del animus para una mujer es, en realidad, totalmente ajena a una experiencia real con una pareja humana. La medida en que la pareja humana desempeña un papel —ya sea sólo como una imagen remota o como una conexión auténtica— varía de un caso a otro, pero ésta es la vivencia culminante que conduce a la experiencia del Sí mismo.
Por consiguiente, se puede decir que en toda vivencia amorosa profunda está implícita la experiencia del Sí mismo, porque del Sí mismo provienen la pasión y el factor de avasallamiento abrumador. Esta experiencia fue mucho mejor entendida y se cultivó más en los ámbitos no cristianos, que tienen una actitud más equilibrada hacia el principio femenino; en el judaismo y en la tradición oficial cristiana este tipo de literatura amorosa y el problema de la unión amorosa con Dios han sido bastante rechazados, con unas pocas excepciones. En la tradición judía es principalmente la Cábala la que ha retomado el tema, y en la tradición cristiana hay unos pocos místicos, como san Juan de la Cruz y su famoso poema, que es una paráfrasis del Cantar de los Cantares, y donde se vuelve a usar este lenguaje. Probablemente san Juan de la Cruz, que vivió en España, supiera mucho sobre literatura islámica. En nuestra civilización, por lo demás, ha habido una escisión. La Iglesia no ha estimulado este tipo de literatura religiosa y mística, que por lo tanto afectó profundamente a la literatura semirreligiosa de las novelas medievales, en especial a la poesía del ciclo del Grial y a las leyendas del Grial. En ellas penetró la totalidad de lo que podríamos llamar el misticismo amoroso, y en él le cupo un importante papel a la leyenda de la reina de Saba.
Por esta época, la historia de la reina de Saba ya había dado origen a una novela muy romántica de la que había diferentes versiones etíopes, abisinias e islámicas. El texto ha sido elaborado como una experiencia de conversión a través del amor místico, y ese tema fue recogido por las novelas medievales de caballería e influyó enormemente sobre todas las hermosas historias de amor de las novelas de la Edad Media, que de hecho la Iglesia no rechazó, aunque las mirase con ojos bastante desconfiados. La reina de Saba tiene, por lo tanto, una larga tradición. En la tradición cristiana, representa una figura del anima no tan sublime como la de la Virgen María. Para el aspecto sublime del anima, la Virgen María sigue siendo el símbolo adecuado, pero ¿dónde podría proyectar un hombre el aspecto menos sublime? La reina de Saba con su sombra de negra, su sirvienta negra, se convirtió en un objeto adecuado para proyectarle ese aspecto del anima, y por consiguiente muchas novelas elaboraron el tema de la historia de amor del rey Salomón. Un tema además muy legítimo, porque de camino hacia el rey Salomón, la reina de Saba llegó a un río donde había un puentecillo hecho parcialmente con la madera que más adelante llegaría a ser de la cruz, y ella, con mediúmnica clarividencia, se negó a pisarlo y prefirió mojarse los pies al atravesar el río antes que pisar aquel madero. Vio con antelación que aquel madero se convertiría en la cruz. Después, en las leyendas medievales, se la consideró como una de las profetisas, como una vidente que previó la vida de Cristo y su muerte en la cruz y con ello abrió la puerta por la cual pudo entrar en la literatura cristiana. Con aquel acto quedó legitimada, aunque en él estaban implícitos su sombra de negra y todos sus amores terrenales con el rey Salomón. Todo aquello era tolerable porque había llegado a prever la muerte de Cristo. De modo que la reina de Saba es una figura del anima sumamente interesante en la época medieval; es la alusión que hay en Mateo 12,42, y aquí nuestro autor alude de esta manera a ella. Para él la Sabiduría de Dioses también la reina de Saba que es la aurora que surge.
El comienzo del capítulo siguiente, conocido como la primera parábola, los dejará a ustedes pasmados.
Mirando desde la distancia, vi una gran nube que habiendo sido absorbida por la tierra la cubría de negrura, y cubría mi alma, en que las aguas habían entrado de modo tal que se corrompieron por obra del aspecto del más profundo infierno y la sombra de la muerte porque la inundación me había anegado. Entonces los etíopes caerán de rodillas ante mí y mis enemigos lamerán mi tierra. Nada sano hay ya en mi cuerpo, y por la vista de mis pecados mis huesos tienen miedo. He gritado durante toda la noche, hasta enronquecer. ¿Quién es el ser humano que vive, que entiende y que sabe, que pueda salvar mi alma de los infiernos? Aquel que me ilumine tendrá la vida eterna y yo le daré a comer del bosque de la vida que está en el Paraíso, y le dejaré compartir el trono de mi reino. El que me extrae de la tierra como a la plata y me adquiere como a un tesoro, y me seca las lágrimas de los ojos y no se mofa de mi vestimenta, el que no me envenena la comida, el que no profana mi lecho con prostitución, y sobre todo el que no daña mi cuerpo, que es muy delicado, y más aún quien no me dañe el alma, que es sin amargura en la belleza y en la que no hay mancha, el que no dañe mi trono, aquel por cuyo amor sus piro, en cuyo fuego me derrito, en cuyo perfume vivo, de cuyo sabor me vuelve la salud, con cuya leche me estoy alimentando y en cuyo abrazo todo mi cuerpo se disuelve y desaparece, de él seré el padre y él será mi hijo. Sabio es el que aporta júbilo a su padre, a quien daré el lugar supremo entre los reyes de la tierra y con quien en todo momento mantendré mi alianza. El que reniega de mis leyes y no marcha de acuerdo con mis órdenes y no cumple mis mandamientos, ése será abrumado por el enemigo y el hijo de la iniquidad le hará mucho daño, pero quien quiera que respete mis órdenes no temerá la frialdad de la nieve porque en su casa tendrá prendas de lino y de púrpura.
Y ese día él reirá, porque yo me sentiré saciado y mi gloria aparecerá porque él no se habrá comido el pan del ocio. Por consiguiente los cielos se abrirán para él y como el trueno resonará la voz del que ha visto las siete estrellas en sus manos, cuyos espíritus son enviados a dar testimonio a todo el mundo [sobre el Apocalipsis]. El que crea y haya sido bautizado será bendito, pero el que no crea se condenará. El signo de los que hayan creído y hayan sido bautizados cuando el rey celestial los juzgue es el siguiente: serán tan blancos como la nieve sobre el monte Zalmon y como las plumas de la paloma que resplandecen como plata y cuyas alas son radiantes como el oro. Él será mi hijo amado; miradlo, porque su forma es más bella que cualquiera de las de los hijos de los hombres, él a quien el sol y la luna admiran. Él tiene el derecho de amor, y en ellos seres humanos depositan su confianza y sin él nada pueden hacer. El que tenga oídos para oír oirá lo que el espíritu de la sabiduría dice al hijo sobre la doctrina de las siete estrellas por cuyo intermedio se realiza la obra sagrada. Sobre éstas habla Sénior de la siguiente manera en su capítulo sobre el sol y la luna: «Después de que hayáis distribuido estos siete [metales] a través de las siete estrellas, y se los hayáis atribuido a las siete estrellas, y limpiado nueve veces hasta que parezcan perlas, ése es el estado de blancura [la albedo}».
Les daré un breve comentario como para que no se queden ustedes solos con la sorprendente impresión de este capítulo. Comienza con alguien que se halla en estado de desesperación. A veces parece como si fuera el autor, pero a veces da más bien la impresión de que fuera la Sabiduría de Dios, el ser femenino, y entonces, después de un proceso, el capítulo termina con la enunciación de que algo ha sido blanqueado, de que se ha llegado a la etapa del emblanquecimiento. Es decir que, partiendo del elogio de una personificación del inconsciente que ha irrumpido en el ámbito consciente del autor, el texto se convierte ahora en un esfuerzo por describir un proceso, una secuencia de acontecimientos. Ya verán ustedes en los capítulos siguientes cómo esto sucede constantemente. Cada capítulo se inicia con un estado negro y caótico, y termina con una nota positiva. Por lo tanto, el autor está ahora empezando a digerir la experiencia en la forma de un proceso. Antes describió el impacto de lo que le había sucedido; ahora intenta expresar lo que está sucediendo, pero lo único que puede hacer es empezar una y otra vez la explicación y terminar de la misma manera. Se podría decir que ahora está intentando ver desde todos los ángulos posibles el significado de la experiencia. Es lo que pasa cuando uno se ve primero abrumado por el inconsciente; después sobreviene una inflación, luego se ríe de todo eso, más tarde recupera el equilibrio y se dice que debe enfrentarlo y tras ello comienza a reflexionar e intenta describir cómo empezó, qué sucedió y cuál fue el resultado. Cuando la gente empieza a recuperar la conciencia, al principio no pueden dar más que un rasgo, pero después, cuando están un poquito más conscientes, comienzan a repetir históricamente lo que sucedió. Por ejemplo, si es un episodio psicótico, la gente dirá que al principio se sentían cansados y después apáticos y entonces oyeron una voz y luego de pronto. . . lo que les haya pasado. Así pueden volver atrás y digerir lo sucedido. Aquí la experiencia fue tan fascinante y tan abrumadora que santo Tomás usa siete capítulos para rumiar el mismo proceso, describiéndolo siempre desde un ángulo diferente; es el comportamiento típico de alguien cuya psique se ha visto anonadada por la invasión de un contenido del inconsciente.
Es el mismo mecanismo que se ve en escala menor cuando la gente ha tenido alguna experiencia que la conmueve, un accidente de coche en la calle, por ejemplo. Lo contarán por lo menos tres veces ese mismo día, necesitan narrarlo una y otra vez. Mediante la repetición, la conmoción se asimila, y por lo tanto si uno ha sufrido un impacto psicológico tiende a digerirlo por repetición hasta que ha integrado todos sus aspectos y recuperado el equilibrio. Es lo que sucede aquí. Lo mismo le sucedió a san Nicolás de Flüe, que después de haber tenido su aterradora visión de la Divinidad intentó digerirla pintándola y explicándosela a varias personas, una y otra vez, hasta que consiguió asimilar el impacto. Hasta su muerte, lo único que le preocupó a partir de ese momento fue la asimilación de la conmoción producida por su visión de Dios. Tengo una analizando, una mujer que tiene tremendas experiencias de la Divinidad, que me preguntó el otro día cuántos años necesitaría para digerirlas. Le contesté que me imaginaba que necesitaría por lo menos diez años. «¿Tanto?», me preguntó. Se quedó pensativa y después me dijo que probablemente yo tenía razón. Uno no puede digerir inmediatamente una experiencia así, y en este caso eso significa que cada vez que vuelvo a verla tenemos que hablar de las suyas desde un ángulo diferente. Eso no es nada anormal. Es lo normal en una situación excepcional.
 

La alquimia árabe II


ML von Franz
LA ALQUIMIA ÁRABE
Continuaré con la carta de amor del sol a la luna. En la luna se ha planteado un conflicto, porque aparece en dos formas, una en el cielo y una en la tierra. El sol también aparece en dos formas. De un sol desciende solamente un rayo sobre la tierra, y a éste se lo llama el sol que brilla sin justicia; un segundo sol emite dos rayos, y se lo llama el sol que brilla con justicia. El sol es un aspecto de la conciencia, en cuanto fenómeno parcialmente vinculado con el yo y parcialmente con el Sí mismo. Un aspecto del sol está abierto al inconsciente, porque los dos rayos implican un principio de conciencia capaz de abarcar los opuestos, mientras que el otro sol es un «sistema cerrado»; es unilateral, y por ende destructivo. 
En Mysterium Coniunctionis Jung describe al sol como una imagen de la divinidad espiritual, esto es, el Sí mismo por un lado, y un aspecto del yo por el otro. El yo es idéntico al Sí mismo en la medida en que es el instrumento de la autorrealización del Sí mismo. Sólo un yo inflado por el egoísmo se encuentra en oposición con el Sí mismo. En su legítima función, el yo es la luz en la oscuridad del inconsciente, y en algunos sentidos idéntico al Sí mismo. Parece que los dos soles ejemplifican este contraste entre los aspectos destructivo y positivo de la conciencia del yo. El sol con un rayo representa un principio consciente y egocéntrico, injusto con el inconsciente o la realidad yo puesto al Sí mismo. El sol con dos rayos, por otra parte, simboliza al yo en cuanto instrumento de realización para el Sí mismo, y en este sentido funciona con justicia. El yo de una persona individualizada, por ejemplo, sería una manifestación del Sí mismo, estaría abierto al inconsciente. Un yo así manifiesta al Sí mismo al tener una doble actitud hacia el inconsciente —y al estar constante y humildemente abierto a él—, y ofrece así una base de realización para el Sí mismo. Para ser real, dice Ángelus Silesius, Dios necesita de nuestro pobre corazón. Así pues, el doble sol en el texto de Sénior muestra un conflicto entre una actitud equivocada del yo haciala tierra, o el inconsciente, y una actitud del yo que permite que el Sí mismo se manifieste. El objetivo sería encontrar esta actitud consciente del doble rayo, a saber, una capacidad para soportar los opuestos. Y eso no significaría oscilar entre los opuestos, sino más bien mantener la tensión entre ellos. La tendencia a desviarse y unilateralizarse es innata en la conciencia, está vinculada con su necesidad de claridad y precisión. La gente suele decir, por ejemplo, que el doctor Jung no escribe con mucha claridad, pero es que él lo hace a propósito: escribe con una doble actitud, haciendo plena justicia a las paradojas del inconsciente. Describe los fenómenos psíquicos desde un punto de vista empírico. Buda dijo una vez que todo lo que él decía debía ser entendido en dos niveles, y los escritos de Jung también tienen esta doble dimensión, estos dos niveles. La gente que está, por así decirlo, atascada en el visuddha chakra, cree en las palabras y no es capaz de captar la cosa misma. Pero Jung usa un método descriptivo, que ha sido adoptado ahora también en la física nuclear, con el que los hechos se describen desde dos ángulos complementarios, que se contradicen entre sí, pero que sin embargo son necesarios para que se pueda captar la cosa en su totalidad. Las palabras no son más que instrumentos, no la cosa misma.
Pregunta: El Sol niger, ¿alude al aspecto negativo e injusto de la conciencia?
M. L. von Franz: Sí, el Sol niger sería el aspecto oscuro y sombrío de la conciencia. Así el dios sol, en la mitología, tiene con frecuencia un aspecto destructivo oculto. Apolo, por ejemplo, es el dios de las ratas, los ratones y los lobos. El aspecto negativo del sol se percibe especialmente en los países cálidos, donde el sol ardiente del mediodía destruye todas las plantas. En los países cálidos los fantasmas salen a mediodía, y en la Biblia, por ejemplo, hay el demonio del mediodía. El lado oscuro, o la sombra del sol, es demoníaco. Lo compulsivo, la sensación del yo de estar impulsado desde atrás, ejemplificaría el lado oscuro y demoníaco del sol, y se abusa de la conciencia al justificar el impulso cuando el yo no tiene la fuerza suficiente para decidir basándose en los hechos objetivos, sino que se ve arrastrado por la debilidad de sus pasiones: el miedo, el poder o el sexo. También la perfección, en sí misma, es hostil a la naturaleza. En Indochina se cuenta que una vez que el sol calentaba demasiado, un héroe lo derribó. Así el Sol niger  —Saturno— es la sombra del sol, el sol sin justicia, que es la muerte de los vivos. El hombre, con su conciencia, es un factor de perturbación en el orden de la naturaleza; realmente, se podría cuestionar si el hombre fue, o no, un buen invento de la naturaleza. Existe el mito de un dios embustero que es especialmente estúpido, y, desde cierto ángulo, el hombre es muy estúpido y no tiene bastante sentido común para estar en equilibrio. En cuanto animal, está perturbado y se reproduce en exceso. El que sea un error de la creación, o bien su culminación, de pende del funcionamiento de su sol con justicia o sin ella. Si la conciencia funciona como debe, está al servicio de la vida, pero cuando se descarrila se vuelve destructiva. Un objetivo del análisis es conseguir que la conciencia vuelva a funcionar de acuerdo con la naturaleza. La inflación es un síntoma de funcionamiento in justo. Si una conciencia sumamente concentrada se siente arrastrada, entonces uno tiene un sol oscuro. La gente usa la conciencia para convencerse uno al otro de que tiene razón en hacer mal. Cada uno de nosotros nace en un estado imperfecto y cuestionable: estar equivocado y escindido, eso es la naturaleza humana. El mito de Adán en el Jardín del Edén fue el modelo original de esta situación, lo que nos demuestra cómo la condición humana cojea desde el comienzo mismo. Cuando no se lo apoya, el Sí mismo se expresa en una neurosis, es decir, la sombra del Sí mismo entra en acción, y Dios y la naturaleza se convierten en enemigos del hombre. Una conciencia que funciona mal recibe el lado oscuro de Dios. Si la conciencia funciona de acuerdo con la naturaleza, la negrura no es tan negra ni tan destructiva, pero si el sol se queda quieto, se pone rígido y calcina la vida, y entonces, de acuerdo con ciertos indios, se tiene que sacrificar el corazón para que el sol siga moviéndose. Cada vez que establecemos una regla, tenemos que hacer una excepción, porque de otra manera, la conciencia y la vida no están de acuerdo. Dos lunas y dos soles son cuatro. Cuando dos personas están juntas, siempre está presente un quaternio, es decir, el hombre y su anima, la mujer y su animus.
La coniunctio se produce, de acuerdo con nuestro texto, en el vientre de la «casa cerrada», que sería el receptáculo alquímico donde se unen el sol yla luna. El féretro egipcio es una casa cerrada, dondee l rey desposa a su madre: Isis y Horus, o Hathor y Horus. Al clausurar la puerta de la cámara funeraria, el sacerdote dice: «Ahora te quedas en amorosa unión con tu madre». Y también un maestro zen japonés dice: «El tiene la puerta de su corazón clausurada para que nadie pueda adivinar sus sentimientos». Uno se convierte en un misterio para los otros, debido a su unidad con el Sí mismo. Cuando podemos adivinar las reacciones de una persona, es porque todavía ésta funciona colectivamente. El sentimiento de: «Yo sé cómo te sientes», se basa en reacciones colectivas similares. La empatia, el percibir desde adentro el estado de la otra persona, se basa en cualidades colectivas. Establecemos contacto con la mayoría de las personas en el nivel colectivo, y conocemos las cualidades que compartimos, como los celos y el amor, y sin empatia no podemos relacionarnos, pero todo eso no es la peculiaridad del individuo. Es cualidad del genio producir lo inesperado; lo sorprendente es lo que nos hace un «clic», y sin embargo no es trivial. Jamás se puede adivinar lo que saldrá de una persona creativa, porque es una creación nueva y no hay manera de saber lo que será. De la mente provienen ideas y de la dimensión sentimental brotan reacciones que en una persona así son absolutamente únicas. El proceso de individuación conduce a una creatividad peculiar en cada momento, y la cámara cerrada se refiere a ese centro secreto de la personalidad, a la secreta fuente de la vida. Es la cámara cerrada del corazón, la única y peculiar creatividad en cada momento de la vida. Allí donde el proceso de individuación conduce a tomar conciencia de esta unicidad, los demás ya no pueden adivinarnos ni leernos, porque no pueden ver el interior de la cámara cerrada del corazón, de donde brotan las reacciones inesperadas y creativas. Yo diría que las reacciones creativas inesperadas provienen de la unidad con el Sí mismo. Es el Sí mismo lo que tiene esta cualidad de peculiar creatividad en cada momento de la vida, y por eso el maestro japonés dice que ya no es posible adivinar los movimientos de su corazón. Eso significa que si el maestro zen dice o hace algo, será siempre algo imprevisible y creativamente sorprendente. La cámara cerrada se refiere a ese secreto, porque en última instancia el individuo es un sistema único y cerrado, una cosa única que se centra en torno de una fuente imprevisible de vida. Si eso llega a ser real en un individuo, uno siente el misterio de una personalidad única. Eso tiene que ver con cerrar la casa, algo que significa separación de los vínculos con lo colectivo y de su contaminación, no sólo externamente, sino internamente, separándose uno, dentro de sí mismo, de lo que es ordinario y no uno mismo.
Pregunta: ¿Cómo se compagina eso con la experiencia del satori en el budismo zen, donde la apertura hacia la naturaleza y lo colectivo y la unidad con ellos constituyen uno de los objetivos?
M. L. von Franz: Pues ésa es una de las paradojas. En la última de las «Diez imágenes del pastor del buey», del budismo zen, el anciano va al mercado. Sonríe dulcemente, y se ha olvidado hasta de su iluminación. Ahí tienen ustedes al hombre completamente colectivo, que va al mercado con su discípulo y su tazón de mendigo, y ha olvidado incluso su vivencia de satori.
Esto significa que, subjetivamente, él no se siente único, pero la historia añade que el cerezo florece cuando él pasa, y eso es algo que uno no se imaginaría cuando un viejo barrigón va al mercado mostrando una sonrisa bastante insípida. La peculiaridad brota de él como un acto creativo, pero él no la tiene intencionalmente presente. No se siente único; único, aunque subjetivamente el mismo anciano diría que él es un pobre viejo, y preguntaría qué es lo que quieren de él. Esas personas tienen una extrema humildad natural, a pesar de lo cual su peculiaridad se manifiesta. Es otra vez la paradoja del yo y el Sí mismo. El yo debe tener la actitud de un ser humano entre otros seres humanos, y entonces la unicidad, si se la ha llegado a encontrar dentro, emanará de un modo involuntario. Es precisamente lo contrario de estar inflado con la propia unicidad, de sentirse tan diferente de los demás y hacer ese tipo de comentarios principescos como: «Es que yo soy tan sensible que nadie me entiende». Eso no es así, y cuando la gente me lo dice, yo siempre les digo que ya sé que hay mucha gente así, y no lo digo por maldad; es la pura verdad, es una cualidad muy común ser tan sensible que nadie lo entiende a uno. Está muy difundida, en especial entre los introvertidos, que se sienten especiales, pero no lo son. El iluminado no se siente especial, sino muy humano, y por eso se puede decir que esas personas están muy abiertas al mundo y son muy humanas con todos, o paradójicamente se puede decir que son infinitamente únicas e incomprensibles.
Comentario: Creo, por decirlo de otra manera, que el objetivo es establecer una separación entre el sujeto y el objeto, mientras que al mismo tiempo se discrimina sinceramente entre sujeto y objeto.
M. L. von Franz: Sí, exactamente. Esto es lo que ejemplifica el vientre de la casa cerrada; es decir, lo más íntimamente creativo está protegido por la naturaleza y no por ningún acto artificial. También tiene que ver, en forma muy concreta y trivial, con el problema de la discreción analítica. Tan pronto como uno toca, en un análisis, la peculiaridad del otro, la discreción se impone. Antes no era más que una regla convencional, realmente innecesaria, pero cuando se llega a la unicidad es natural que nunca se hable de ello con un tercero. Uno se da cuenta de que eso es único, algo de lo que jamás se debe hablar con nadie más. No es posible, y eso tiene que ver con el misterio del encuentro con lo individual y único en cualquier relación amorosa, porque entonces la casa se cierra naturalmente, por sí sola. Detrás de la puerta cerrada la luna recibe su alma del sol, y el sol se lleva la belleza de la luna, que se pone muy delgada y débil. Eso significa que la coniunctio tiene lugar en la luna nueva, en el submundo. Ustedes saben que la luna es nueva cuando está próxima al sol. Cuando está en oposición con el sol, entonces toda la luna está iluminada, y tenemos la luna llena, pero cuando está cerca del sol, entonces los rayos de éste no la hieren. Es un hecho interesante, sobre el cual ha escrito Jung en Mysterium Coniunctionis: que la coniunctio no se produce durante la luna llena sino durante la luna nueva, lo que significa que tiene lugar en lo más oscuro de la noche, donde ni siquiera la luna brilla, y en esa noche fundamentalmente oscura se unen el sol y la luna. Aquí hay un matiz muy interesante, porque en el simbolismo de la Iglesia medieval el sol simboliza a Cristo y la luna a la Iglesia —la Ecclesia — y la coniunctio del sol y de la luna se interpreta como el encuentro de Cristo con la Iglesia redimida. Pero ninguno de los autores ha señalado el hecho de que cuando se unieron la luna había desaparecido, o se había oscurecido y borrado por completo. Es un detalle que han eludido delicadamente, o quizá nunca se preguntaron por qué.
La coniunctio sucede en el submundo, sucede en la oscuridad cuando ya no hay ninguna luz que brille. Cuando uno ya no está y la conciencia se ha ido, entonces algo nace o se genera; en la depresión más profunda, en la desolación más profunda, nace la personalidad nueva. Cuando uno está al cabo de sus fuerzas, ése es el momento en que tiene lugar la coniunctio, la coincidencia de los opuestos. El sol da su luz a la luna, pero en ese momento la luna se ha borrado, se desvanece y se adelgaza, de modo que se puede decir que, acercándosele, el sol hace daño a la luna. Después el sol dice: «Si tú no me haces daño en la coniunctio, oh Luna», de modo que sucederá una cosa y la otra. Entonces la coniunctio es aparentemente peligrosa, porque el sol hace algún daño a la luna, y la luna puede dañar al sol. Eso quizá se podría evitar, pero cuanto más se acercan esas dos luminarias, mayor es el peligro de que se destruyan la una a la otra en vez de unirse, lo que proviene del hecho, al que ya nos referimos antes, de que tanto el sol como la luna tienen una sombra. Ambos tienen un lado oscuro y destructivo, y cuando se unen es como dos personas que se aman y cuanto más aumenta el amor tanto más aumentan también la desconfianza y las dudas; es muy frecuente que uno tenga miedo, porque si abre su corazón, el otro puede hacerle mucho daño. Si, por ejemplo, un hombre demuestra su amor por una mujer, queda expuesto al animus de ella. Si no la ama, dice simplemente que eso es su condenado animus, pero si la ama, entonces le duele cuando ella hace observaciones horribles que vienen de su animus.
Lo mismo vale para la mujer, porque si reconoce su amor por un hombre, la ponzoña del anima de él puede herirla. Por lo tanto, en la situación del amor humano está siempre ese miedo tembloroso de acercarse al otro, reflejado simbólicamente en el proceso de unificación del sol y de la luna. Si tomamos la coniunctio en un nivel puramente interior, se puede decir que cuando las personalidades consciente e inconsciente se aproximan la una a la otra, hay dos posibilidades: o bien el inconsciente se devora a la conciencia, y entonces hay una psicosis, o la conciencia destruye al inconsciente con sus teorías, y eso significa una inflación de la conciencia. La última, generalmente, aparece también cuando hay una psicosis latente, y entonces la gente se escapa de ella diciendo que el inconsciente «no es más que. . . », con lo cual aplasta al inconsciente y su misterio viviente, o lo hace a un lado. Muchas personas dejan el proceso analítico cuando se dan estas condiciones. Se van acercando cada vez más al inconsciente, y entonces se dan cuenta gradualmente de algo desagradable; el trabajo se vuelve difícil y la persona le pone fin, diciendo que ya lo entiende todo y que no es «nada más que». En un caso así, el sol ha destruido a la luna. Si el inconsciente abruma a la conciencia y se produce un intervalo psicótico, la luna ha destruido al sol. Siempre, cuando se encuentran conciencia e inconsciente, en vez de amor puede haber destrucción. Aquí, en la carta de amor, las dos luminarias tratan de evitarla. El sol dice: «Si tú no me haces daño, yo te ayudaré», y la luna dice lo mismo. Y consiguen mantener bien la relación; la luna en cierto momento adelgaza hasta borrarse, pero después ambos se exaltan y se incorporan a la Orden de los Ancianos. Como la palabra que se usa es Seniores, debe de referirse a los Jeques. Aunque es una parte extraña, he tratado de interpretarla. No puedo decir que esté segura de haber logrado una buena interpretación, pero hay un texto paralelo en donde se hace referencia a la Orden de los Ancianos llamándola la Orden de los Veinticuatro Ancianos, lo que alude a los veinticuatro ancianos de la revelación de san Juan, los veinticuatro ancianos de Israel que día y noche se sientan en torno del trono de Dios. Esto se referiría a la casa del día y de la noche, en el sentido de que el sol y la luna pasan por todas las etapas de las veinticuatro horas.
La Orden de los Ancianos en la secta chiíta, el movimiento místico del Islam, también tiene que ver con la tradición secreta del imán. En cada generación hay un jeque que es el iniciador espiritual y a quien se conoce como «el Imán». Cuando porta la luz de la Divinidad, representa la encarnación de la Divinidad y es el gurú secreto, el maestro de estas sectas místicas islámicas. Esto sucede con los chiítas y los drusos, y con algunas otras sectas diferentes que tienen diferentes clasificaciones y que riñen por quién debe ser el líder espiritual, pero en todas existe la idea del conductor único, el iluminado, en quien se ha encarnado mayormente la luz de la Divinidad. Como tenemos que vérnoslas con un texto árabe, podría haber algo de esa clase aquí también, lo que también se conectaría con las otras interpretaciones, es decir un aspecto múltiple del Anciano Sabio en diferentes etapas o fases. Prácticamente, eso significaría que el arquetipo del anciano sabio, un aspecto del Sí mismo, aparece multiplicado en conexión específica con el tiempo, en la idea de que un Imán llega en cada tiempo especial o período mundial, o se lo compara con las veinticuatro horas del día y de la noche, lo que es también un simbolismo temporal. La misma idea reaparece en el simbolismo cristiano como Cristo y los doce apóstoles, que fueron atribuidos a los doce meses y a las doce horas del día. Creo que tiene que ver con el simple hecho de que la realización del Sí mismo, o el proceso de individuación, sólo ha alcanzado la realidad cuando aparece encada momento de este tiempo sidéreo. Muchas personas se dan cuenta por primera vez de lo que es el Sí mismo en forma intuitiva, leyendo un libro o mediantel a interpretación de un sueño, pero eso no resuelve la cuestión de lo que deberían hacer esta mañana y mañana por la noche, lo que significa que esa comprensión todavía no ha entrado en el tiempo. Tienen una conexión intuitiva con el Sí mismo y con la sabiduría del inconsciente, pero eso todavía no ha entrado en el tiempo y el espacio de su vida, de su vida personal. Sólo es real si a cada momento —por lo menos en teoría, porque en realidad jamás se llega a esa etapa— uno está en conexión con ello, expresándolo constantemente y sabiendo lo que es. Por lo tanto se puede decir que el Sí mismo sólo se ha vuelto real cuando se expresa en las acciones de la persona en el espacio y en el tiempo. Antes de haber llegado a esa etapa no es del todo real, pero después se convierte en algo cambiante. Por ejemplo, lo que está bien para hoy puede estar mal para mañana, y por eso alguien que ha llegado a esta etapa de la conciencia será imprevisible y siempre actuará de manera diferente en las mismas situaciones. Hoy la cosa es así y la persona reaccionará de una manera, y mañana se dará la misma situación y la reacción de la persona será diferente. Ya no hay reglas, porque cada momento es diferente, y por ende el movimiento adquiere una cualidad creativa; cada momento del tiempo es una posibilidad creativa y ya no hay repetición alguna. Entonces, cuando el sol y la luna se unen empiezan al mismo tiempo a recorrer un ciclo que tiene que ver con el tiempo. En la alquimia oriental, eso se simboliza mediante el proceso de la circulación de la luz; tras haber encontrado la luz interior, ésta empieza a rotar  por sí sola. En El secreto de la flor de oro, y en la alquimia, a esto se le dice la circulatio, la rotación, y hay muchos textos diferentes en alquimia en los que se dice que la piedra filosofal tiene que circular. Por lo general, esto se relaciona con el simbolismo del tiempo, porque dicen que la piedra filosofal tiene que pasar por el invierno, la primavera, el verano y el otoño, o que tiene que recorrer todas las horas del día y de la noche. Tiene que circular a través de todas las cualidades y de todos los elementos, o tiene que ir desde la tierra al cielo y después volver a la tierra. Está siempre la idea de que, después de haber sido producida, comienza a circular. Psicológicamente, eso significaría que el Sí mismo comienza a manifestarse en el espacio y el tiempo, que no se convierte en algo en cierto momento para después retornar a la antigua forma de vivir, sino que tiene un efecto inmediato sobre la totalidad de la vida; entonces la acción y la reacción están constantemente de acuerdo con el Sí mismo, real y manifiesto en sus propios movimientos. La piedra, o la nueva luz, el Sí mismo, también puede moverse. Naturalmente, tenemos que escucharlo, pero si lo hacemos, entonces puede moverse y producir impulsos autónomos.
Pregunta: Pero, ¿son necesariamente los impulsos correctos?
M. L. von Franz: No hay un juicio definitorio de lo que está bien y lo que está mal. Mucha gente dirá que están mal, y otros dirán que están bien, y, subjetivamente, uno lo sentirá a veces bien y otras, mal. Si me permiten decir algo muy personal, diría que no es cuestión de bien ni mal, porque si uno es uno con el Sí mismo, ya no le importa. Si está mal, entonces habrá que pagar por ello, pero lo principal es la conexión, porque la separación es la muerte espiritual. Estar conectado con el Sí mismo es la vida espiritual; si el Sí mismo le dice a uno que haga algo que se considera malo, todo el mundo lo atacará, y si uno empieza a pensar que quizás estuviera mal, entonces aún puede decir que valió la pena porque estaba en relación con el Sí mismo. Creo que si uno hace algo a partir de una conexión viviente con el Sí mismo, pagar el precio vale la pena, el precio de que lo acusen a uno de hacer mal y quizá de pasar por las etapas de pensar que está mal. Subjetivamente, uno nunca siente que está mal, pero debe admitir que la gente lo diga y ser tolerante. Pero si uno está feliz y se siente vivo, eso es lo único de lo cual nadie podrá despojarlo. Si yo digo que soy feliz, ¿qué puede decir nadie más sobre el tema? Si uno está en armonía con el Sí mismo hay una sensación de paz y de felicidad absolutas, y los demás pueden juzgarlo tanto como quieran, a partir de teorías intelectuales destructivas; eso no le hace ningún daño, porque al sentirse próximo al Sí mismo, eso lo vuelve indestructible. Naturalmente, eso se pierde de cuando en cuando, porque es demasiado difícil mantenerlo durante mucho tiempo. La carta de amor continúa, cuando la luna dice al sol:
La luz de tu luz se adentrará en mi luz; será como una mezcla de vino y agua, y yo interrumpiré mi fluir y después me encerraré en tu negrura de tinta y luego me coagularé.
Tenemos allí la mezcla de dos luces comparada con la mezcla de vino y agua, un simbolismo mejor conocido en la tradición cristiana, en que al decir misa se mezcla vino con agua, lo que representa el aspecto divino de Cristo y el humano, Su humanidad y Su aspecto espiritual. El vino pertenece naturalmente al sol y el agua a la luna, porque la luna rige todas las cosas húmedas, de acuerdo con la antigua manera de ver las cosas. Es una idea de la coniunctio en un sentido amplio y general, no sólo en la tradición cristiana sino también en el mundo árabe: la conexión mística de la sustancia espiritual conl a Divinidad. En los poemas aparentemente de borracho de al Hafis, o al Roumi, el agua suele ser lo corruptible, lo femenino, un aspecto del fluir de la vida y del inconsciente. Si estos dos se unen, entonces la luna detendrá su movimiento y se coagulará, y, de acuerdo con el final del texto, eso es algo positivo. Esto significa, pues, que hasta el momento de la coniunctio la luna fluía, lo que tendría algo que ver con su constante crecer y decrecer, su fluir constante, pero también produce el rocío, de acuerdo con su teoría, y la humedad, y además, por supuesto, la menstruación en las mujeres y la inestabilidad en lo femenino. Pero dado que la menstruación se interrumpe con la concepción de un hijo, está la idea de que el fluir se detiene cuando las dos luces se han unido y ha nacido la luz nueva. Algo corruptible y desagradable, que tiene que ver con la naturaleza cambiante de lo femenino, se detiene y llega a su fin. Eso se refiere directa e inmediatamente a la totalidad del proceso alquímico, que como ustedes saben es la producción de la piedra filosofal, un objeto de sustancia dura, algo que no fluye, y que en alquimia es el símbolo supremo de la divinidad. Si lo consideramos ingenuamente, es extraño que en alquimia el producto final sea algo que en el orden de la naturaleza consideramos de un valor ínfimo, es decir, una piedra, algo cuya cualidad es simplemente estar ahí. Una piedra no come ni bebe ni duerme; sólo se queda ahí por toda la eternidad. Si la patean, se queda allí donde la patearon, sin moverse. Pero en alquimia ese objeto despreciado es el símbolo del objetivo. 
Tenemos que profundizar en el lenguaje místico del Oriente y de la alquimia, y de ciertas obras místicas cristianas, para hacernos una idea de lo que esto significa. Si luchando y enfrentándose con el inconsciente uno ha sufrido durante el tiempo suficiente, se establece una especie de personalidad objetiva; en la persona se forma un núcleo que está en paz, tranquilo incluso en medio de las mayores tormentas de la vida, intensamente vivo pero sin actuar ni participar en el conflicto. Esa paz interior suele advenirle a la gente cuando ya ha sufrido bastante tiempo: un día algo se rompe y el rostro adquiere una expresión tranquila, porque ha nacido algo que se mantiene en el centro, fuera o más allá del conflicto, que ya no sigue siendo como era. Claro que dos minutos después todo vuelve a empezar, porque el conflicto no se ha resuelto, pero perdura la vivencia de que hay una cosa que silenciosamente está más allá del conflicto, y a partir de ese momento el proceso ya es diferente. La gente no sigue buscando, sabe que la cosa existe, la ha experimentado durante un momento. En lo sucesivo, el opus tiene un objetivo: el de volver a encontrar ese momento y volverse lentamente capaz de retenerlo, para que se convierta en algo constante. En todas las pugnas de la vida hay siempre una cosa que está más allá del conflicto; como tan bellamente lo describe Jung en su comentario a El secreto de la flor de oro, es como si uno estuviera de pie sobre la montaña, por encima de la tormenta. Ve las nubes negras y el rayo y la lluvia que cae, oye los truenos, pero en uno hay algo que está por encima de todo aquello y uno puede limitarse a mirarlo. En cierto modo estamos también en ello, pero en otro sentido estamos fuera. En una escala menor o más humilde, uno lo ha alcanzado si en una tempestad de desesperación o en la crisis destructiva y disolvente de un conflicto puede mantener durante un segundo el sentido del humor. . . , o, quizá, sintiéndose una vez más arrastrado por un animus negativo, de pronto uno se diga a sí mismo que ya ha oído antes esa cantilena. Quizá no puedas escapar de tu animus destructivo, quizás éste sea todavía demasiado fuerte, pero algo en ti sonríe y dice que ya ha oído antes esa cancioncilla tonta; te gustaría reírte de ti mismo, pero el orgullo no te lo permite, y sigues adelante con el animus negativo que vuelve a adueñarse de ti. 
Ésos son los momentos divinos en que algo está claro y va más allá de los opuestos y del sufrimiento. Por lo general no son más que fugaces momentos, pero si uno sigue trabajando con la suficiente constancia sobre sí mismo, la piedra crece lentamente y se convierte, cada vez más, en el núcleo sólido de la personalidad, que ya no participa en el circo de monos de la vida. Eso es probablemente lo que se quiere decir aquí: la luna, que es la que rige la vida como un circo de gorilas, detiene su fluir y aparece algo que es eterno y está más allá del conflicto. La luna se «coagula», y el proceso vital se ve como algo eterno fuera de la vida. La vida misma se coagula y se sale de su propio ritmo, lo cual debe de ser la preparación para la muerte, ya que la muerte es el término natural de la vida, el fruto que crece de la vida: la vida vivida crea la actitud eterna que trasciende la muerte. Entonces la luna dice: «Cuando hayamos entrado en la casa del amor, mi cuerpo se coagulará en mi eclipse», y el sol responde: —Si lo haces así y no me haces daño, mi cuerpo volverá[ probablemente a su forma original] y te daré la virtud de la penetración, y serás poderosa o victoriosa en la batalla del fuego, de la licuefacción y la purgación, y seguirás sin disminución ni oscuridad, y no tendrás ningún conflicto porque no serás rebelde. Entonces el sol sólo confirma lo que dice la luna y creo que por lo que dije antes esto está claro: ahora la luna, incluso en la lucha del fuego —lo que significa incluso en los ataques destructivos de las emociones desde dentro y desde fuera—, permanece firme y trascendiéndolos, y ya no se rebela contra la conciencia. Inconsciente y consciente están recíprocamente en paz. —Bendito sea el que piensa en lo que digo y mi dignidad no será apartada de él y el león no fallará ni disminuirá su valor, debilitado por la carne. El león es un bien conocido símbolo del solsticio, cuando el sol está —hablando astrológicamente— en su punto más alto, pero es también un símbolo de resurrección. Recordarán ustedes que lo tuvimos en nuestro primer texto griego, en donde el león genera el león. Les di el dibujo de los dobles leones, y recordarán ustedes lo que dije entonces sobre el león, que es también un símbolo del devorar apasionado, del poder impulsivo, no sólo en el sentido estricto de la palabra, sino por lo general del deseo de poseer. Las garras extendidas y las fauces abiertas son la imagen del león, del a naturaleza poderosa y ardientemente apasionada. Representa la resurrección, pero también puede estar debilitado por la carne. Ésta es una alusión a la sombra de la luna, a saber, que si el poder y la pasión se atascan en el nivel concreto, se empeñan en querer esto o aquello y son incapaces de sacrificar ese deseo, entonces esa misma libido apasionada que es precisamente la base del proceso de individuación se debilita, se vuelve destructiva y se autodestruye. «Si tú me has seguido», dice entonces el sol a la luna, «no te apartaré del crecimiento del plomo». La idea es que el plomo, del que hablamos en una conferencia anterior, es el material básico, el material de la pasión, y ahora está creciendo por sí mismo. Eso se refiere a una etapa de la alquimia a la que se suele describir como crecimiento. Por ejemplo, dicen que la primera parte es trabajo duro, que es lavar la ropa blanca, o lavar arena, o cocinar cosas, o matar al león, o producir la coniunctio, pero después, en cierto momento, se convierte en lo que describen incluso como un juego de niños, y uno no tiene más que regar el jardín o limitarse a jugar. No se necesita ningún esfuerzo, porque a partir de ahora la cosa crece sola; no hace falta más que cuidar y observar el proceso, sin los dolorosos esfuerzos que hubo que hacer antes. Eso es el augmentum plumbi, como lo llaman aquí. Es como el crecimiento del niño dentro de la madre: mientras el niño crece dentro de ella, lo único que ella puede hacer es ocuparse de estar sana y de hacer el menor esfuerzo posible. Es un símil que usan con frecuencia los alquimistas, que después de que uno ha trascendido la etapa del conflicto viene la otra en que uno es como una embarazada que espera el nacimiento de su hijo, una etapa en que una no necesita pensar si lo que está haciendo está bien o no. Los chinos lo llamarían hacer nada, dejar simplemente que las cosas sucedan; prestar una constante y amorosa atención al proceso es lo único que ahora se necesita. Después el texto dice:
 —Mi luz se desvanecerá y mi belleza se extinguirá y ellos tomarán de los minerales de mi cuerpo puro y de la gordura del plomo purificado en la armonía de su peso, y sin sangre de cabra, y una diferencia se puede establecer entre lo que es verdadero y lo que es falso.
Se suponía, en realidad, que la sangre de cabra, o de macho cabrío, tenía un efecto corrosivo sobre todo, y en la antigüedad tardía se la interpretaba simbólicamente como sensualidad. La sangre del macho cabrío es la esencia de la sensualidad, de la lascivia, del impulso sexual que es muy obvio y que lo destruye todo. La fuerza del impulso sexual lo destruye todo, excepto el adamante [piedra imaginaria de dureza impenetrable; este nombre se dio en cierta época al diamante]. Una antigua leyenda dice que el adamante es la única piedra preciosa que la sangre de cabra no puede disolver, y por consiguiente simboliza la firmeza de la personalidad que se resiste al impulso de la sensualidad. Aquí hallamos el mismo simbolismo, a saber, la coniunctio de dos sustancias de igual peso. Esto se referiría a un estado de equilibrio psicológico en el que no hay sangre de cabra, es decir, donde la sensualidad ya no barre con la personalidad. Entonces uno es capaz de distinguir lo verdadero de lo falso: dentro de la personalidad surge o crece lo que se podría llamar el instinto de la verdad. En general, la vida es tan complicada que si uno tiene que pensar en las cosas, siempre llega demasiado tarde. En este aspecto, yo no tengo remedio. Si alguien me telefonea para decirme que me tiene que ver esa noche, o que necesita una hora para mañana, yo no tengo la rapidez suficiente para decidir si digo sí o no, o para encontrar una excusa y decir que no tengo tiempo. Me gana mi naturaleza, mi función inferior; digo que sí, y después ya estoy atrapada, está todo mal. Y entonces me digo: «Al cuerno con todo, fui otra vez demasiado lenta». Tendría que haber dicho que no, pero el instinto de la verdad no me funcionó del todo bien. El instinto de la verdad estaba ahí, algo me insistía en que dijera que no, pero la reflexión y la función inferior se entremetieron y una vez más fui demasiado lenta. Después tengo un mal sueño que me da un buen palo en la cabeza y me quedo pensando si saldré alguna vez de esa limitación y tendré la rapidez suficiente para no caer siempre en la misma trampa. Hay una aceleración de esta posibilidad mediante el desarrollo del instinto de la verdad, es decir, cuando el Sí mismo está tan presente y es tan fuerte que el instinto de la verdad se hace oír rápidamente, como un radio telegrama, y uno reacciona correctamente sin saber por qué, es algo que fluye a través de uno, y uno hace lo que está bien. Dice que sí o que no —a veces una cosa y otras, la otra—, y puede seguir adelante sin interferencias, porque la conciencia, con su reflexión, ya no es una molestia. Ésta es la acción del Sí mismo cuando se vuelve inmediato, y sólo el Sí mismo puede hacerlo. En un nivel superior, es lo mismo que ser completamente natural e instintivo, cuando uno puede discernir entre lo falso y lo verdadero. Por eso algunos teólogos han llamado al Espíritu Santo el instinto de la verdad, y la descripción es muy buena. El texto continúa: —Yo soy el hierro duro y seco y el fermento fuerte, todo lo bueno viene por mi mediación y por mí se genera la luz del secreto de los secretos, y nada puede afectar mis acciones. Lo que tiene luz se crea en la oscuridad de la luz. Pero cuando alcanza su perfección, se recupera de sus enfermedades y debilidades y entonces aparecerá esta gran corriente de la cabeza y de la cola. Creo que la primera parte está clara. Se refiere a la generación de una luz nueva, a una tercera cosa que nace o que se genera en la coniunctio.
Es una luz nueva que nace en la oscuridad, y entonces se van todos los síntomas neuróticos y la enfermedad y la debilidad; aparece la cosa nueva, a la que ahora se llama illud magnum fluxum capitis et caudae.
Aquí es menester recordar al Ouroboros, que se come la cola, donde los opuestos son uno: la cabeza está en un extremo y la cola en el otro. Son uno, pero tienen un aspecto opuesto y cuando la cabeza y la cola, los opuestos, se encuentran, nace una corriente, que es a lo que los alquimistas se refieren al hablar de agua mística o divina, lo que yo describí como el fluir significativo de la vida. Con ayuda del instinto de verdad, la vida prosigue como una corriente significativa, como una manifestación del Sí mismo. Tal es el resultado de la coniunctio en este caso. En muchos otros se lo describe como la piedra filosofal, pero, como dicen también muchos textos, el agua de la vida y la piedra son una misma cosa. Es una gran paradoja que el líquido —el agua informe de la vida— y la piedra —la cosa más sólida y más muerta— sean, de acuerdo con los alquimistas, una y la misma cosa. Eso se refiere a aquellos dos aspectos de la realización del Sí mismo: más allá de los altibajos de la vida, nace algo firme, y, al mismo tiempo, nace algo muy vivo que participa en el fluir de la vida, sin las inhibiciones ni las restricciones de la conciencia. Se ha acabado ya el tiempo que podíamos dedicar a nuestros textos árabes, y la próxima vez pasaremos a la alquimia europea. Lamento no haberles dado más que un texto árabe, pero creo que este alquimista chiíta, Sénior, fue uno de los hombres más grandes en la alquimia.
Pregunta: Usted mencionó el instinto de la verdad. ¿A qué se refiere con eso?
M. L. von Franz: Es lo que me da la verdad sin reflexión alguna; algo dentro de mí conoce la verdad por reacción inmediata, sin que tenga que pensar en ello ni expresarlo. El instinto de la verdad, por ejemplo, es algo muy similar al conocimiento telepático. «Telepatía» en griego significa simplemente «sentir desde lejos», lo que no explica nada porque la telepatía es un misterio, no sabemos lo que es. Por ejemplo, si alguien les propone que participen en algún negocio que parece muy bien, limpio y sin complicaciones, y por el aspecto exterior no le ven nada de raro, naturalmente dirían que sí, aceptarían participar en aquello. Pero entonces algo les dice desde adentro que no, que no lo hagan, y aprés le coup descubren que de todas maneras había algo raro o turbio en el asunto. Ustedes no podían saberlo, pero «algo» lo supo, a «algo» le olió mal.
Eso sería el instinto de la verdad. El instinto sabía algo que ustedes no sabían. Su inconsciente, o su personalidad instintiva, lo sabía. En este caso no me refiero a la verdad religiosa de una doctrina, sino a una verdad momentánea. Por ejemplo, si alguien nos ofrece un buen negocio que en realidad es un fraude, el instinto de la verdad lo sabría. O es la verdad de una situación determinada, de lo que a uno le dicen. Alguien puede contarnos un cuento larguísimo, y tenemos la sensación de que no es así, aunque no podamos decir qué es lo que tiene de falso. O nos hablan de un problema matrimonial y sentimos que en eso hay algo que no es verdad, aunque no sepamos qué. En otros casos, tenemos la sensación inmediata de que nos dicen la verdad. Ahora bien, si uno juzga en forma instintiva, hay algo dentro de uno que decide, y si eso demuestra que siempre funciona bien, uno puede decidirse a confiar en esa voz interior. Sería un discernimiento de la verdad, pero en un nivel instintivo que no tiene nada que ver con la cabeza.
Pregunta: ¿Qué diferencia hay entre eso y la intuición?
M. L. Von Franz: La intuición puede acertar en un cincuenta por ciento y equivocarse en un cincuenta por ciento. Jung usa un símil maravilloso para referirse a la gente intuitiva. Dice que o bien aciertan en el blanco sin reflexionar siquiera, o se les desvía la flecha al bosque, a veinte kilómetros al otro lado. Por eso es necesario que cultiven otra función, porque a veces con una sola mirada a la situación ya la han visto completa, pero a veces se equivocan de medio a medio. Es mejor no confiar siempre en la intuición, porque puede estar desfigurada por la proyección. Si el intuitivo no tiene problemas con la sombra, o con el animus o el anima, es fantástica la forma en que acierta en el blanco. Pero si interviene el anima o el animus, si se entremete la proyección, entonces el mismo intuitivo puede jurar que sabe que las cosas son así y asá, porque cree que puede confiar en su intuición, pero objetivamente se equivoca; la flecha se le ha ido al bosque. Es decir que la intuición acierta en partes iguales; es una función y, como todas las funciones, sólo a veces acierta. En cambio la verdad instintiva es una manifestación del Sí mismo y no tiene nada que ver con una función. Es algo que opera en todos los seres humanos, algo que con discreta rapidez el Sí mismo nos susurra al oído y que generalmente somos demasiado lerdos para oír, o a veces estamos tan ocupados hablando con nosotros mismos que no podemos oírlo.